25 de noviembre de 2020. Madrid.

Para saber a dónde queremos ir, es importante recordar de dónde venimos, con una breve referencia histórica. El Derecho es androcéntrico, como todos los saberes, y ese androcentrismo permanece en sus cimientos, al igual que en los de otra disciplina mucho más reciente como es la Victimología, con sus clasificaciones discriminatorias y culpabilizantes de las víctimas, que subyacen aún en nuestro sistema. Este androcentrismo tiene consecuencias prácticas muy claras, por ejemplo, en las diferencias abismales entre los programas de ayudas a víctimas de delitos violentos y contra la libertad sexual –que el Estado español no ha actualizado ni incluido en la Ley 4/2015 del Estatuto de la víctima del delito, negándose a llamarlas indemnizaciones, pese a denominarse así en el Convenio del Consejo de Europa del que traen causa–, las ayudas para víctimas de violencia de género o doméstica y las indemnizaciones a víctimas de terrorismo (1). Ya en 2021, el proyecto de Ley Orgánica de garantía integral de la libertad sexual que se tramita actualmente sí incluye un Título VII (art. 51 a 56) con el Derecho a la reparación (2):

“Artículo 51. Alcance y garantía del derecho a la reparación. Las víctimas de violencias sexuales tienen derecho a la reparación, lo que comprende la indemnización a la que se refiere el artículo siguiente, las medidas necesarias para su completa recuperación física, psíquica y social, las acciones de reparación simbólica y las garantías de no repetición. Para garantizar este derecho se elaborará un programa administrativo de reparación a las víctimas de violencias sexuales que incluya medidas simbólicas, materiales, individuales y colectivas.”

Olympe de Gouges (pseudónimo de Marie Gouze, Montauban, Francia, 1748-París 1793), autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791).
Olympe de Gouges (pseudónimo de Marie Gouze, Montauban, Francia, 1748-París 1793), autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791).

Las mujeres han estado durante largo tiempo violentamente excluidas del saber. La Inquisición quemó a las mujeres sabias en la hoguera, la Ilustración cortó la cabeza a Olympe de Gouges, quien había reclamado derechos para las mujeres y las ciudadanas y se pronunció contra la esclavitud, y sobre las feministas sigue aún planeando una especie de terrorismo machista tanto simbólico como real. Así se construyó y construye el imaginario cultural que culpa a las mujeres de todos los males, incluida su propia victimización, y especialmente su victimización a manos de dioses, héroes y hombres (miremos las leyendas de Medusa, Lilit, Eva, Pandora, o las hijas de Lot, tremendas y reveladoras, que forman parte del imaginario colectivo). 

En la revisión de los Códigos Penales anteriores al vigente pero no tan lejanos (CP de 1944, y los de 1963 y 1973) localizamos: la pena de destierro por matar o lesionar gravemente a la mujer adúltera y/o su amante y exención de pena si las lesiones no eran tan graves; los delitos de adulterio y amancebamiento (para incurrir en delito el marido tenía que mantener manceba dentro del domicilio conyugal o con notoriedad y, claro, la mujer no estaba como el marido exenta de pena si, sorprendiéndole, les agredía); las faltas de maltrato (ella incurría en falta si el maltrato era de palabra, él no, el masculino tenía que ser de obra) o por escandalizar en las disensiones domésticas después de haber sido amonestados (¿te agredía tu marido? más te valía estar callada o, si no era la primera vez, os podían sancionar a ambos); hasta llegar a la regulación penal de los “Delitos contra la honestidad”.

El Honor masculino estaba depositado en gran medida en el control de la sexualidad femenina, su honestidad, la absoluta negación de la libertad de las mujeres. Las mujeres no tenían libertad sexual. Mujeres –y niñas– para los hombres, a su disposición, sea mediante pago (mujeres públicas) o en matrimonio (mujeres privadas). El perdón de la violación, estuviera el proceso en la fase que estuviera, incluso cumpliendo condena el reo, surtía efecto eximente de la responsabilidad criminal y se presumía por el matrimonio (hasta octubre de 1978). La mujer era considerada puta o casta, pero nunca libre (exceptuando en la Constitución de 1931, en la II República, que reconoció la igualdad de derechos). Una mujer libre era considerada puta, pasando a la categoría de mujer pública. A la mujer violentada más le valía callarse, siempre que fuera posible, porque de otro modo la vergüenza y el estigma caían sobre ella. 

La libertad sexual no fue protegida en España hasta 1989, por Ley Orgánica 3/1989, de 22 de junio, de actualización del Código Penal. Las cosas han cambiado, desde luego, en el reconocimiento de la violencia sexual, en el mundo y en España, pero quizás no tan profundamente como es preciso.


NOTAS:

(1) DAZA BONACHELA, M. Mar y JIMÉNEZ DÍAZ, M. José (2013). “Compensación a las víctimas de delitos violentos en España: Distintos raseros”, Cuadernos de Política Criminal, 2a época, Nº 110, pp. 115–54. http://www.dykinson.com/libros/cuadernos-de-politica-criminal-numero-110/0210-4059-numero-110/

(2) Véase nota 12 del capítulo 1.

Proyecto asociado a:Feminicidio.net
Proyecto de:Asociación La Sur
Con la colaboración de:

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