Andrea Avella, superviviente de prostitución en conflicto armado: “salvamos la vida a seiscientas mujeres”

Andrea Avella, en Madrid.
A sus 33 años, la colombiana Andrea Avella, superviviente de haber sido secuestrada, torturada y prostituida por los paramilitares, se ha convertido en emprendedora social y defensora de los derechos de las mujeres. Estos días ha visitado España como parte de una delegación de supervivientes en apoyo de la abolición de la prostitución en nuestro país. “Toma mi mano” es su lema y el nombre de su proyecto, con el que ha conseguido sacar a la luz a seiscientas mujeres en Ibagué, en el departamento de Tolima. Este es el relato de una lucha por la propia vida y por las indígenas, las campesinas, las desaparecidas a la vista de todos del Sur global.

I. De víctima a superviviente

– ¿Sufrió violencia, abusos o pobreza en su infancia?

– Soy de origen campesino. Crecí en una vereda, un lugar lleno de naturaleza, con mi papá, mi mamá y mis hermanas. Tengo memoria de que fui abusada a los cinco o seis años por un tío, pero en ese momento se me tachó de mentirosa. Era más importante preservar el nombre de la familia que protagonizar un escándalo. “Eso es mentira, no pasó, tú te lo inventaste, no lo nombres con nadie”, quiso inculcarme mi mamá, tal vez era su manera de protegerme. Yo lloraba pero no sabía por qué.

Ahora, con ayuda de una psiquiatra especializada he retrotraído, visualizo los abusos y debieron ser muchos. El trauma de las mentiras influyó en mi autoestima. Mi prostitución fue en contra de mi voluntad, jamás quise ni le encontré disfrute a las relaciones sexuales. A pesar de todo, la vida con mis padres era tranquila, eran cariñosos con nosotras, jugábamos a juegos campesinos, iba al colegio… a los doce años ocurrió algo para que yo saliera de mi casa.

–¿Qué pasó?

– Hubo una sequía, se perdieron los cultivos y el ganado y mis padres empezaron a tener problemas económicos. Al ser la mayor de las cuatro hermanas me mandaron a Bogotá con mi abuela. Y ella, según era costumbre, me consiguió un “trabajo” –era una explotación infantil–. A donde llegué, las niñas que cuidaba eran mucho más grandes que yo. Duré dos años siendo “empleada doméstica”. Los tratos eran muy malos. A los 14 años empecé una relación con el padre de mis hijas y con él conviví hasta los 19, cuando me secuestraron. Él está emparentado con mi familia. Le puse muchas demandas de abusos, de maltrato, pero nunca conseguía nada. Me recogían y me llevaban para que volviera con él. Era menor de edad, era campesina, apenas sabía leer.

– ¿Cómo fue captada para la trata sexual?

– Empecé a trabajar en panadería y cafetería, porque él es panadero, yo atendía las mesas. Tenía la costumbre de golpearme frente a los clientes, tirarme contra las paredes, reventarme la cara. En una de esas golpizas se me acercó una señora y me dijo “pobrecita, Andrea, ¿no tienes familia?”, y le dije que vivían lejos y que mi abuela decía que no había que montar un escándalo por unos “golpecitos”. Mi abuela decía que si me había pegado era por mi bien, por bruta o porque me lo merecía, pero que estuviera agradecida porque “me daba de comer”. La señora me dijo que me daría un trabajo de mesera con gente importante, muy fina, y que tenía que demostrar que no tenía antecedentes: que necesitaba mi cédula, quiénes eran mis familiares, a qué se dedicaban. ¡Y le entregué todo! Le entregué toda la información, quién era mi papá, dónde vivían mis hijos, a la tratante que me reclutó, pensando que me iba a ayudar.

El secuestro fue de lo más simple. Por esta señora, otro día me recogieron –ni siquiera ella, fue una camioneta–. Y allá me vendieron a los paramilitares. Durante un año estuve secuestrada, torturada, violada, mutilada: me arrancaron dientes con alicates, tengo quemaduras por todo el cuerpo. Nunca creí salir viva de eso.

– ¿Por qué la torturaban?

– Porque oponía resistencia para dejarme violar. Después de unos meses, bajo el poder de los paramilitares me empezaron a prostituir en varios lugares de Bogotá. Alguna vez intenté escapar, desconocía que ellos lo manejan todo. Me trastearon como un ganado en los prostíbulos. Ahora ya han desmantelado muchos, normalmente era así: bajo un salón normal había un subsuelo con las que estábamos secuestradas, con unas rejas. Destinadas a delincuentes.

– Es decir, ¿había dos niveles para las mujeres prostituidas?

– Sí. A las que nos queríamos escapar nos mantenían encerradas.

“Me vendieron a los paramilitares. Durante un año estuve secuestrada, torturada, violada, mutilada”

– ¿Los paramilitares controlan el negocio de la prostitución en su país?

– Hay zonas, los paramilitares tienen unas, la guerrilla otras. Otra cosa son los dueños de los establecimientos, que venían siendo como unos “administradores”, pero la mafia, quien controla la prostitución, son paramilitares y guerrilla. Hay momentos en los que una ruega por la muerte, hay otros en los que una ya pierde el miedo…

– ¿Cómo logró salir de eso?

– Llegó un momento en que ya no era tan fuerte ni me resistía tanto a las violaciones y me trasladaron. Ya no me encerraron en la reja, quedé con las otras mujeres, ellas no sabían que estaba secuestrada, bajo amenazas. Por enfermedad convulsioné y llamaron a la ambulancia. Cuando llegué a la clínica dio la casualidad que era donde habían nacido mis hijas y tenían mi historia. Entonces llamaron a una de mis hermanas. “Por favor, aísleme”, le pedí a la trabajadora social, y le dije “no le puedo contar, solo digan que me morí”. Ella salió y dio la noticia de que había muerto, a todos. Fue después cuando avisaron a mi hermana de que estaba viva pero que no fuera al hospital. La trabajadora social arriesgó bastante, pudo perder su trabajo. Tras el secuestro permanecí como un año psiquiatrizada.

– ¿No llegaron a buscarla durante su secuestro?

– En la selva una piensa que alguien la está buscando. Mi familia nunca había puesto una denuncia por desaparición. Eso para mí fue terrible. Porque mi abuela se inventó una historia de que había conseguido otra pareja y me había ido. El hombre con el que vivía me denunció por abandono de hogar, y sin investigar nada le entregaron la custodia de mis hijas. Esa fue la manera en la que él se aseguró de que no le pidieran un peso por la manutención. Pero no se ocupó de ellas, lo hicieron mis padres. Recuperar la custodia legal me llevó diez años. El Estado colombiano conmigo ha sido cruel: protege al hombre sobre todas las cosas.

– ¿Como víctima tiene derecho a ayuda a la vivienda, empleo? ¿La indemnizaron?

– Después de un tiempo llegué a denunciar el secuestro pero no me creyeron en la Unidad de Víctimas. Cuando murió Víctor Carranza, que era un jefe de los paramilitares, capturaron a sus cabecillas y en una de las audiencias aparezco en uno de los vídeos con los secuestrados. ¡Esa fue la única manera de que me creyeran! Ahí es cuando el Estado colombiano me reconoce como víctima de secuestro, de delitos contra la libertad sexual y de torturas.

Me dieron una certificación, pero la indemnización aún no, en estos momentos están pagando a las víctimas de los años noventa… Sobre el papel la víctima tiene derecho a salud mental, a un trabajo y una vivienda digna, pero en la realidad eso no ocurre. El Estado lamentablemente usa los programas de las víctimas para conseguir votos.

“El Estado colombiano conmigo ha sido cruel: protege al hombre sobre todas las cosas”

 

En la actualidad, la iniciativa de la Fundación Dignidad Abolicionista da empleo a cincuenta mujeres y tiene en formación a cuatrocientas.
En la actualidad, la iniciativa de la Fundación Dignidad Abolicionista da empleo a cincuenta mujeres y tiene en formación a otras cuatrocientas.

II. Andrea, “del otro lado”

Tras tal experiencia traumática, Andrea Avella relata cómo llegó a lo que llama “el otro lado”, su actividad por los derechos humanos. En 2015 colaboró con la Iniciativa Pro Equidad de género –una alianza de activistas y organizaciones de derechos humanos en Colombia–. “Ahí empiezo a no hacer distinción entre las mujeres prostituidas como si hubiera dos grupos, las “empoderadas” y las otras. A ver que ninguna realmente tenía plata”, explica.

– ¿Cómo se dio cuenta de que las que no estaban secuestradas tampoco eran libres? Una parte de la sociedad cree que sí lo son.

– Porque me documento sobre ello y acompañaba a las redes que las atienden. Cuando estaba en la reja pensaba que las de arriba podían ir al centro comercial, al cine… pero al hacer esos recorridos, al llevar chocolate o pan a las chicas, me doy cuenta de que tienen que pedir permiso hasta para levantar la mirada y decir “hola, hermana”. La diferencia entre las de abajo y las de arriba no era nada. Tienen la puerta abierta pero les quitan los papeles, si van a salir a comprar las llevan o las traen. No están solas nunca.

Con la Iniciativa denuncié varios delitos relativos a las menores de edad. Eso trajo consecuencias: me torturaron en 2017, casi me matan. Nuevamente fui hospitalizada. Los proxenetas sabían que lo que decía era verdad, como que había túneles por debajo de los mejores hoteles de Bogotá para explotar mujeres.

– ¿Esos túneles aún existen?

– Los que he denunciado ya no están, hicieron extinción de dominio (incautación de bienes). Gracias a eso los mayores centros de prostitución de Bogotá están cerrados, pero tuve que coger a mis hijos y salir huyendo de Bogotá, hacia Ibagué. Es una mafia tan grande que una no puede seguir, pero valió la pena lo denunciado.

Estuve bajo el programa de protección dos años, durante los que no pude hacer nada relacionado con derechos humanos. El Estado colombiano me ha ofrecido protección con la única condición de que deje de ser activista. Es la manera de callarme. El 5 de diciembre de 2019 abandoné el esquema de seguridad y a la semana siguiente abrí mi fundación, hasta el día de hoy.

“Había túneles por debajo de los mejores hoteles de Bogotá para explotar mujeres”

 

III. “Toma mi mano” saca a la luz a seiscientas mujeres

– Usted es creadora de la Fundación Dignidad Abolicionista, en Ibagué. ¿Cuál es su actividad?

– La fundación tiene un único macroproyecto, hasta 2030, que se llama “Toma mi mano”. Es una metodología de atención integral a víctimas de trata con fines de explotación sexual. Tiene cuatro fases: la primera es de caracterización demográfica en los lugares donde está la prostitución. Se hace un primer barrido de qué edades y qué características similares hay entre las mujeres que están siendo prostituidas. También se analizan los planes del Gobierno para esos lugares en los últimos cinco años y se da esa oferta institucional a las mujeres. En la segunda fase, de acogida, las entrevistamos y hacemos un plan de atención individual: si requieren salud integral, salud mental, procesos jurídicos, de formación.

En menos de seis meses ya tenemos seiscientas mujeres caracterizadas. De ellas, cuatrocientas están en esa segunda fase y cincuenta mujeres ya están en la fase tres, en la que se vinculan laboralmente en una empresa, que es nuestra también. Y la cuarta fase es de memoria histórica: se hace un registro para que en seis o siete años se muestre el avance, cada una de ellas tiene una carpeta con sus actividades.

– Seiscientas son muchísimas mujeres, ¿cómo han podido atenderlas en tan poco tiempo?

– Conocer realmente a las prostituidas es difícil, no dan la información, no confían. Lo pude hacer porque soy prostituida y porque las circunstancias de la pandemia me permitieron hacerlo. En marzo de 2020 cerró todo por la pandemia. La mercancía que eran las mujeres ya no les servía a los dueños de los prostíbulos y las dejaron en la calle. En Ibagué (541.000 habitantes en 2020) nadie las atendía y estaban viviendo debajo de los puentes. Pedí a los gobernantes que les dieran ayudas, para lo que exigían las cédulas de identidad. Pero a ellas se las habían quitado. ¡Entonces me tocó sacarle la cédula a las seiscientas!, y ahí es cuando empiezo a tener sus identificaciones reales. Me pasaba de las doce de la noche bajo aguaceros entregando comida, porque se estaban muriendo de hambre. Eso me abrió su confianza, una me traía a otra, y esta a otra… Con “Toma mi mano” le salvamos la vida a seiscientas mujeres.

Las víctimas no está documentadas. Esta investigación hoy está en Harvard, es la única que existe en Latinoamérica con las identidades reales, gracias a la pandemia. Con ello pude denunciar en el Estado de Tolima que estas mujeres nunca habían estado en ningún sistema de salud. Cuando logramos las cédulas, hicimos un cruce de datos con la unidad de víctimas y hallamos que más de doscientas de ellas estaban reportadas por sus familias como desaparecidas, hasta 25 años atrás.

– ¿Me está diciendo que ha encontrado en el sistema prostitucional a más de doscientas desaparecidas?

– Sí. Toda la humanidad las ve, pero no son consideradas seres humanos. Mujeres indígenas, campesinas, víctimas del conflicto armado.

“Hallamos que más de doscientas de ellas estaban reportadas por sus familias como desaparecidas”

– ¿Cómo consiguió la financiación para hacer esto?

– Mi esposo pidió un préstamo personal. Para los pasajes, las compras, la comida: no había otra, o se morían de hambre con niños en la calle. A muchas les di el pasaje para volver a sus tierras. Pedí que me regalasen comida por todo el barrio, encontré “otros locos” que me ayudaron. Eso las impactó muchísimo.

– Ahora tiene una empresa en funcionamiento.

– Después me prestaron algunas máquinas de coser. Viajé hasta Medellín, me metí en el gimnasio donde iba el dueño de una gran empresa y le dije que quería confeccionar para ellos. Me dijo: “voy a tomar el peor riesgo de mi vida, pero te voy a ayudar”.

– En el sector textil hay mucha explotación laboral.

– ¡Exacto! Precisamente por eso busqué esa compañía, que obliga a sus confeccionadores a pagar un salario justo a las empleadas. La nuestra, Victoria AV, es una SAS BIC, un modelo certificado de empresa social (en Colombia, desde 2018 las SAS BIC son Sociedades con Acciones Simplificadas (SAS) que pueden ser calificadas como Sociedades de Beneficio e Interés Colectivo (BIC), como empresas social y ambientalmente responsables). La empresa textil es la fase tres del proyecto. Ahora tenemos a cincuenta mujeres trabajando y a cuatrocientas formándose. A día de hoy no tengo la capacidad para dar empleo a todas, estoy buscándoles trabajo en otras empresas, pero corremos el riesgo de que las despidan rápido si no son sensibles a este proceso, porque ellas no tienen experiencia.

– ¿Qué le diría a las jóvenes más vulnerables, a las que están en riesgo de ser captadas por los proxenetas?

– Cuando necesitaba el nombre de mi proyecto, me fui al río a pensar. Y pensé que cuando estuve secuestrada en la selva, siempre quise que alguien me diera la mano, por eso lo llamé así. Sé que muchas necesitan escuchar “toma mi mano y vamos a salir de esto”.

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Proyecto asociado a:Feminicidio.net
Proyecto de:Asociación La Sur
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