Editorial: Mujeres solas como acto político
Por Graciela Atencio
Cuando una mujer elige vivir sin pareja, sin hijos, o sencillamente en sus propios términos, el mundo todavía se permite opinar.
A los 30 años ya sabe que la maternidad no es para ella. Tiene una vida precaria, dos trabajos y ansias de fortalecer su autonomía. No le interesa tener una pareja.
Acaba de cumplir 40 años y ha descubierto que la soledad elegida es una compañera que le da confianza en sí misma.
Enviudó a los sesenta y pico y después del duelo, sola, pudo empezar a cumplir sueños interrumpidos antes de casarse, como estudiar la carrera de psicología.
La anciana de 85 años conoce el nombre de todas sus plantas, no necesita que nadie la ayude a regarlas. Se vale por sí misma, pero hace poco pensó que lo mejor era compartir su soledad con una prima que tiene casi la misma edad que ella.
A los 35 decidió ser madre soltera y no esperar a tener una pareja para formar una familia.
Viaja sola desde que era joven. Con 55 años bien llevados a sus espaldas, no la avergüenza entrar a un restaurante abarrotado de gente en México DF y pedir mesa para una sola persona.
Es una veinteañera con pocos ingresos, comparte piso con sus dos amigas de la infancia, son su familia y con ellas inventó una manera de estar en el mundo poniendo en el centro la amistad antes que la pareja.
Cuando una mujer elige vivir sin pareja, sin hijos, o sencillamente en sus propios términos, el mundo todavía se permite opinar.
Estas mujeres existen. Millones de ellas en el mundo. En España, cuatro millones de mujeres viven solas. En quince años, los hogares unipersonales serán los más frecuentes del país. En Corea del Sur, la tasa de natalidad ha caído a 0,72 hijos por mujer. En Estados Unidos, tras la victoria de Trump, ellas rechazan el relato imperante de la vuelta al hogar de las mujeres…
La sociedad global está cambiando, en gran medida por la decisión de las mujeres de vivir de otra manera.
Pero nada de esto es nuevo.
Desde que existe el patriarcado, existe el castigo a la mujer que se niega a ocupar un lugar impuesto. La hoguera fue su forma más brutal. En la Inquisición no quemaron brujas: quemaron a mujeres que vivían solas, que tenían sabiduría interior, que no necesitaban a ningún hombre para sostenerse. La Inquisición no perseguía el mal ni la magia negra sino la autonomía de las mujeres.
Después de la hoguera llegaron ciertas formas de estigmatización social: la solterona como figura de la amargura y el fracaso, la histérica como diagnóstico médico, la egoísta como acusación moral. El objetivo de ahora es el mismo de entonces: que ninguna mujer se sienta cómoda fuera del lugar que se le ha asignado.
Hoy ese lugar sigue siendo, para el orden patriarcal, el de ser para otros. Para el hijo, para la pareja, para el padre anciano, para el mercado que necesita su cuerpo joven, disponible, cosificado. Y cuando las mujeres empiezan a decir que no, cuando en número creciente deciden vivir solas, no casarse, no tener hijos, no invertir su energía en relaciones que las agotan y las subordinan a un orden que no eligieron, el sistema le pone un nombre: invierno demográfico, que nos anuncia una catástrofe, una amenaza para la civilización.
¿Nos culparán de ello? Conviene mirar con cuidado a quién le preocupa ese invierno y por qué. No les preocupa a las mujeres que eligen no tener hijos, ni a las que han calculado, con toda la razón del mundo, que una maternidad en condiciones de desigualdad, sin corresponsabilidad, sin red de cuidados, sin protección laboral real, tiene un precio demasiado alto. Les preocupa a los Estados que han construido su modelo de bienestar sobre el trabajo no pagado de las mujeres. Les preocupa a los mercados que necesitan consumidoras, explotadas y reproductoras. Les preocupa, en definitiva, a quienes nunca pusieron las condiciones para que la maternidad fuera una elección libre y no una obligación silenciosa.
El lugar para las mujeres sigue siendo, para el orden patriarcal, el de ser para otros. Para el hijo, para la pareja, para el padre anciano, para el mercado.
Hay otra lectura posible y este episodio la ha ido construyendo con piezas que encajan. Si las mujeres nos retiramos de un sistema que nos ha utilizado para seguir siendo subordinadas, si dejamos de alimentar con nuestros cuerpos el trabajo no remunerado y una renuncia permanente a nosotras mismas, tal vez lo que el patriarcado llama invierno demográfico sea otra cosa. Quizás sea una pausa. Una huelga. Un momento en que la humanidad se ve obligada a preguntarse en qué condiciones se ha estado reproduciendo hasta ahora, y si esas condiciones son las que queremos las mujeres.
En el fondo, lo que hemos abordado en este episodio no es la soledad como carencia, sino la soledad como territorio de conquista. Por primera vez en la historia, millones de mujeres habitan el planeta sin pedir permiso.
La feminista mexicana Marcela Lagarde lo nombró con precisión: durante siglos, las mujeres hemos sido educadas como seres para otros. La maternidad, el matrimonio, el cuidado, la entrega, todo orientado hacia afuera. La conquista feminista -dice Marcela Lagarde- es la construcción de la mismidad: el derecho a ser para una misma. No en lugar de los vínculos, sino antes que ellos. Como condición, no como renuncia.
Y esa mismidad no es egoísmo. Es la base sobre la que se construye cualquier vínculo verdadero. Una mujer que se pertenece a sí misma no está menos disponible para el amor o para el cuidado: está disponible en mejores condiciones, desde la elección y no desde la obligación. El patriarcado no teme que las mujeres estén solas. Lo que teme es que sean libres y para sí mismas.
Eso es lo que están haciendo, a su manera, cada una de las mujeres que hemos nombrado. Todas ellas, sin haberlo acordado, están construyendo algo distinto: aprender a ser para sí mismas. Mujeres que han convertido su soledad en un acto político de resistencia al patriarcado y una búsqueda incesante de libertad y hermandad entre mujeres.
El patriarcado no teme que las mujeres estén solas. Lo que teme es que sean libres y para sí mismas.