Kamila Ferreira, superviviente de la prostitución: “Los proxenetas me mandaron a España siendo menor de edad y con pasaporte falso”

Kamila Ferreira
Kamila Ferreira, nacida en Brasil hace 46 años, ha pasado más de 30 años como víctima de explotación sexual, 26 de ellos en nuestro país. Ha sido testigo de feminicidios, víctima de trata, pederastia, explotación sexual y tortura con cigarros encendidos que apagaron sobre su espalda. Su historia pone rostro a las realidades más duras de la violencia del sistema prostitucional y de la extrema pobreza de donde viene. Se crió en una de las favelas de São Paulo, en Brasil, un lugar que define como peligrosísimo y hostil, donde el vecino puede ser un narco que también trafica con seres humanos. Su familia y ella misma fueron engañadas para llevársela con 14 años, aún impúber, y convertirla en víctima de hombres que con total impunidad violan niñas en el centro histórico de la ciudad. Después de tres décadas de explotación sexual en Brasil, Chile, México, Tailandia y España, hoy Kamila dice haber vuelto a nacer, es abolicionista y lucha para que su hija tenga las oportunidades que ella no tuvo.

Por Graciela Atencio y Ana de Blas

 

– ¿Cuánto tiempo hace que salió de la prostitución?

– Aún no se han cumplido dos años de eso, está muy reciente. Todavía no soy capaz de asumir mi identidad real ni me he acostumbrado a mi verdadero nombre. Cuando salí de la prostitución por decisión propia, me sentía como un recién nacido abandonado por sus padres. Y ahora en mi nueva vida es como si tuviera tres añitos, descubriendo un mundo que no sabía que existía.

– En este “renacimiento”, ¿cómo es su vida actual?

– Ahora puedo trabajar tranquila, no tengo que estar guardándome las espaldas. Ya no tengo miedo ni tengo que estar a la defensiva. Estoy trabajando en la limpieza, a mí no se me caen los anillos por eso. La prostitución es un mundo violento en todos los aspectos. Yo, por ejemplo, no soy capaz de sentarme en un autobús con otras personas atrás, tengo que ponerme al fondo para verlas a todas. No confío en nadie, ni en la madre que me ha parido, por mucho que la ame. Del ser humano espero lo peor, lo malo no me sorprende. Ahora tampoco tengo que estar mintiendo, ni a mi hija, porque generalmente las mujeres en prostitución tenemos una doble vida. Nadie quiere una madre, una hermana, una hija prostituta, pero todos quieren comer de su dinero. Para no recibir rechazo de los tuyos tienes que inventarte una vida imaginaria, justificar el tiempo que pasas fuera de casa. Yo decía que cuidaba de una persona mayor. Pasas años así y llega un momento en el que tú misma crees tus propias mentiras.

– ¿Por qué decidió no llevarse a su hija con usted?

– Porque conozco la maldad humana. Ella es muy hermosa y para una niña así el mundo en el que estuve más de treinta años sería horripilante. Años más tarde, pude traerla conmigo. Un hombre que me vio con ella en una calle principal de Tenerife vino al club y me dijo “¿Quién es esa jovencita tan linda que estaba contigo?”. Cuando contesté que era mi hija me preguntó, “¿Cuánto quieres por vendérmela?”. Le escupí a la cara. Obviamente, el proxeneta me echó, porque en la prostitución también ocurre que “el cliente siempre tiene la razón”. Ahora lucho para que ella tenga las oportunidades que yo no he tenido. Quiero que si está con un hombre sea porque ella quiera, no por un techo ni por un plato de comida. Ella no ha crecido viendo telenovelas, que han perjudicado mucho a las mujeres latinoamericanas con ese rollo que no existe sobre la chica que se enamora del hombre, que sufre por él y espera a su príncipe azul y después todos felices.

– ¿Cómo fue su infancia, Kamila?

– Soy nacida y criada en una de las muchas favelas de Brasil, no quiero decir el nombre porque mi familia vive allá. Para nadie es un secreto que las favelas son peligrosísimas y ahí solo entra la tropa de élite para matar o morir. La muerte en la favela ronda los dos bandos. Es un lugar hostil, donde una no vive porque quiere, sino porque no tiene un sitio mejor. Allí puedes tener de vecino a un narcotraficante, a un atracador de bancos o a un violador. Vivimos juntos pero no revueltos. A pesar de haber sido criada en la pobreza, mi familia me inculcó valores que ni siquiera todas las vejaciones que he sufrido han conseguido quitarme. Si en el mundo de la prostitución es muy difícil encontrar una víctima que no haya usado drogas en su vida, yo nunca las he usado por eso. Hay que empezar a enseñar a las mujeres desde niñas a tener sororidad, a protegernos entre nosotras. Tenemos que reeducarnos y eliminar la educación patriarcal.

“Nadie quiere una madre, una hermana, una hija prostituta, pero todos quieren comer de su dinero”

– ¿Cómo entró en la prostitución?

– Involuntariamente. Fue una desgracia que pasó en mi familia por la que mi vida dio un giro de 180 grados. Mi madre salía a trabajar a las cuatro de la mañana cuando mis hermanos y yo estábamos dormidos. Era cocinera para una de las familias ricas de Brasil. Volvía de noche, así que nosotros solo la veíamos los domingos. Mis abuelos debían ocuparse de nosotros, pero nos teníamos que cuidar nosotros mismos. Uno de mis hermanos tuvo un cáncer, estuvo un año luchando por su vida. El día que murió, cuando mi madre llegó y vio a todo el mundo llorando, dio un grito desgarrador. El grito fue tal que hasta los narcotraficantes de la favela comenzaron a llorar…

Aquella mujer, hasta entonces fuerte, enfermó. Actualmente yo me hago cargo de ella, está muy viejita, con 78 años parece de 100… Tras la muerte de mi hermano se quedó tocada de la cabeza, como ida. No pudo trabajar más y yo, con apenas 14 años –soy la mayor de las chicas– me ocupaba de mis hermanos y de mis primos. Mi familia es muy machista y los varones no tienen que lavar, ni limpiar. Cuando un varón necesitaba un vaso de agua, tenía que dárselo en la mano, tenía que colocar las cholas –chanclas– de mi abuelo, servir a los hombres de la familia. Allí en la favela hay narcotraficantes que se dedican también al tráfico de armas y al tráfico humano. Viendo a mis abuelos, campesinos ya ancianos, analfabetos, y viéndome con 14 años y mi madre enferma, fueron a mi casa y les dijeron: “mira, mi hermana está buscando una niñera para cuidar de su hijita”. Claro, para mis abuelos, que eran inocentes, era una oportunidad que yo trabajara para que la familia pudiera comer. Los traficantes fueron con mentiras, y yo también creí que iba a trabajar de niñera.

Hay muchas prostitutas que han tenido una vida tan dura que crean una vida imaginaria, porque prefieren dejar su pasado atrás e inventar una vida perfecta, maravillosa. Te dicen “nunca tuve un problema en mi familia”, y esa niña fue violada por su padre o su hermano. Bloquean eso, colocan una barrera ahí. En mi caso, por todo lo que pasé, tengo necesidad de hablar. Soy de São Paulo, una de las ciudades más grandes de América. Los traficantes tenían todo muy calculado, mintieron a mis abuelos diciendo que iría para Paraná, uno de los estados de Brasil, así se hacían a la idea de que no podrían verme. Resultó que estaba en la misma São Paulo, en el centro viejo, en una gran casa antigua, colonial. Era una casa de prostitución. Al fondo había una pequeña casita, allí me quedé, apartada.

– ¿Por qué la apartaron?

– Porque solo tenía 14 años. Era una niña, no tenía el pecho crecido ni el periodo, la primera vez que me bajó me faltaban dos semanas para cumplir los 16 años. Por las necesidades que pasaba mi familia estaba muy desnutrida en la época en la que me metieron en la prostitución. Allí sí me daban de comer porque era la gallina de los huevos de oro. No sabía entonces que los hombres mayores que se quedaban conmigo eran pederastas, no tenía conocimiento de eso.

Yo no practico ni voy a ninguna iglesia, pero creo en Dios y soy cristiana. No he echado cuentas de cuántos proxenetas he tenido, hombres y mujeres, en poco más de treinta años. La última proxeneta que tuve, española, murió sola, sin dinero, después de haber ganado mucho a costa de las latinoamericanas. También la primera era una mujer, y a mí como mujer me da vergüenza ajena eso.

“No sabía entonces que los hombres mayores que se quedaban conmigo eran pederastas, no tenía conocimiento de eso”

– ¿Sus proxenetas la trajeron a España directamente desde Brasil?

– Primero me llevaron a Chile, y ahí estuve haciendo como un rodízio (una rotación), los proxenetas intercambian entre ellos, se dicen “mira, mándame tres chilenas y yo te mando tres brasileñas”, y así te van rotando. La prostitución ha cambiado mucho en los últimos años. Antiguamente en Europa era normal ver a una mujer mayor aún en prostitución, pero eso cambió con el auge de la trata. Yo he visto a quince hombres de un salón coger número para esperar cuatro o cinco horas por una brasileña jovencita.

– Y desde Chile: ¿a dónde la llevaron?

– Me llevaron a México con otras chicas. Siempre tienes a la jefa, una mujer experimentada que comanda el grupo. La mami, le dicen los hispanos, en Brasil decimos la tía (se pronuncia como chía). Ellas son también proxenetas, son como las amas de llaves. En México vi cómo ejecutaban a una compañera.

– ¿Cómo? ¿Vio el asesinato de una mujer prostituida?

– En poco más de treinta años de prostitución he visto varios asesinatos. En México vi asesinar a una chica que se puso rebelde –yo por entonces era más joven, estaba calladita–. A un narcotraficante mexicano famoso –que ya está muerto y que no voy a nombrar porque no quiero problemas–, esa mujer le contestó mal, él sacó el arma y pum, la mató.

– ¿Delante de usted?

– Claro, de mí y de las otras que estábamos allá. Tenía mucho dolor ese día por el periodo, por esa época no teníamos esponjas para taponar y usábamos algodón. No contesté pero él vio mi mala cara por el cólico –la prostituta también tiene que aprender a actuar–, y entonces ese hombre, que ni siquiera fumaba, prendió un cigarro porque yo había sido “una niña mala” y me fue quemando con él la espalda. Tengo la espalda toda marcada de quemaduras que me hizo ese narcotraficante con un cigarro. El machismo en México es tremendo.

Luego regresé a Brasil. Los proxenetas están conectados entre ellos. El proxenetismo es como un pulpo con una cabeza y muchos tentáculos por todo el mundo. Si miras la historia de la prostitución, las colombianas fueron las primeras latinoamericanas en ser traídas a Europa. Después, y no antes por el tema del idioma, llegaron las brasileñas. Si no hubiera una conexión entre los proxenetas de un país y otro, no lo podrían hacer. De México regresé a Brasil y de ahí nos prepararon para venir a España. Los proxenetas nos llevaban de un sitio a otro porque así también es más fácil manipularnos ya que no conocemos el idioma ni la cultura de ese país. Por eso no nos permitían a las brasileñas estar con las hispanas, para que no aprendiéramos su idioma.

“En México vi cómo ejecutaban a una compañera”

– ¿Y qué pasó cuando llegó a España?

– Este país fue para mí una “universidad”, con graduado y todo. Llegué a España con documentación falsa siendo menor de edad y tuve la sensación de que en el control migratorio hicieron la vista gorda. Entré por el aeropuerto de Barajas en el año 93, tenía 17 años y realmente parecía una menor de edad, ¿por qué no me preguntaron nada? Ni siquiera me miraron la cara. Los países de donde salen las mujeres y niñas y los que las reciben para comercializarlas en la trata deberían trabajar de manera conjunta. ¡Que no nos engañen los gobiernos!

He visto cosas en España que me dejaron de piedra. Por ejemplo, al poco tiempo de llegar pregunté a la proxeneta, “¿Dónde está mi cama?” y me dijo: “¿Qué cama? Tú eres una puta, las putas aquí vienen a follar, trabajar y producir, no vienen para dormir, esto no es un hotel”. Cuando fui a la cocina, pregunté dónde podía preparar una sopa o algo, y me contestó: “Ya te dije que esto no es un hotel. La que quiera comer que llame por teléfono y lo pida, aquí se viene a trabajar”. De todos los sitios en los que estuve, ese fue el primero en el que no había ni una cama para mí ni para las otras mujeres. Teníamos que estar sobre una toalla tirada en el suelo, en la cocina o en el patio. Aquí en Tenerife estuve en la casa de una proxeneta española cuando tenía unos 27 años, y era la mayor, había incluso chicas menores con documentos falsos. Allí pasaban películas porno de esas muy fuertes, de esas que dan ganas de vomitar…

– Según el testimonio de mujeres prostituidas en España, cada 21 días las trasladan del prostíbulo de una ciudad a otra.

– Sí, son las famosas “plazas”. A nosotras las brasileñas también nos cambiaban cada 21 días a un sitio distinto. Y si los proxenetas en ese tiempo veían un intento de amistad o conexión entre nosotras, ellos nos separaban para siempre, llevaban a una al norte y a otra al sur. Los proxenetas promueven las disputas, la competencia y las peleas entre nosotras. Pero aunque intentes liberarte de ellos, no puedes hacerlo y por eso nunca trabajé sola o por mi cuenta porque una prostituta que trabaja sola acaba mal. Te roban, te violan, te persigue la policía… No existe la prostitución liberada, siempre hay personas que sacan beneficio detrás de nosotras. Todas las latinoamericanas que he conocido siempre tenían un proxeneta detrás. Vienen con proxeneta y terminan atrapadas por las amenazas de los proxenetas de que van a matar a su familia. Los proxenetas me han hecho recorrer España de punta a punta, pero además del prostíbulo solo he conocido los aeropuertos.

– ¿Ha visto corrupción policial o del Estado?

– Vengo de un país en el que no nos fiamos de la policía. Al poli bueno que hace bien su trabajo le aplaudo, pero todos sabemos que muchísimas veces he estado con agentes de policía en España, en México o en Brasil y conocí policías que me follaron de todas las maneras.. hacían lo que querían de mí y de mis excompañeras. Sabían que era migrante, que estaba ilegal. Un policía paga 30 euros, que son quince minutos, y se queda con la mujer una hora, que son 120 euros. Ahí el proxeneta es como un banco: nunca pierde, es la prostituta sin papeles la que después tiene que estar con otros hombres hasta pagar la diferencia. El proxeneta no quiere problemas con la policía.

“Teníamos que estar sobre una toalla tirada en el suelo, en la cocina o en el patio”

– Qué piensa del putero? ¿Por qué los hombres se van de putas?

– Si fuera a decir todo lo que pienso de los puteros me faltarían días. Les tengo un asco… Hay hombres que tienen un historial de violencia hacia sus parejas, maltratadores. La cabeza de un ser humano es una caja de Pandora, no sabes lo que va a salir de ahí. Un chico joven y muy guapo, educado, limpio, venía una vez a la semana y cada vez escogía a una distinta. ¿Sabes lo que quería? Llegaba con la cadena, los cubitos del pienso y del agua del perro, y ahí tenías que atarlo, ladraba y comía como un perro. Otros venían a robar nuestra ropa. ¿Sabes lo que son las mariquitas, los insectos? Un hombre me llegó con dos mariquitas y se tocaba, yo tenía que matarlas y luego se iba. ¿Qué pasa por la cabeza de una persona para hacer eso? Son cosas que no sé explicar. En mi pareja actual no busqué sexo, sino el cariño que nunca he tenido, ni siquiera dentro de mi propia familia.

Los puteros son de los más variados que hay: políticos, jueces, barrenderos, bomberos, policías, médicos, obreros, profesores, sindicalistas… los hay de todo tipo… Lo que más me llamaba la atención es que tenía que estar con hombres con discapacidad mental u hombres con síndrome de down, sus propias madres o padres los traían al prostíbulo. Las prostitutas somos las únicas mujeres que conocemos a los hombres de verdad. Ellos en la prostitución no tienen que fingir, se muestran como realmente son, se atreven a mostrar su lado más violento y oscuro. En poco más de 30 años en prostitución, por mi experiencia, de los europeos, los peores por nacionalidad son los alemanes, los que piden las cosas más asquerosas.

– ¿Estuvo en peligro con alguno de ellos?

– Muchísimas veces. Estuve cinco años trabajando en mi cabeza para salir de la prostitución, porque no es fácil. Como no lo es salir del alcoholismo, una droga consentida por la sociedad, o de la heroína o la cocaína. No he salido porque fuera mejor que mis excompañeras. Hay que tener mucho apoyo, yo lo tuve: económico, psiquiátrico y psicológico –tengo, de hecho–. Conozco a muchas que han intentado salir y vuelven. A las prostitutas enganchadas a la droga, el propio proxeneta les vende la droga, el dinero se queda ahí. Hace dos o tres años yo no era como ahora: por el nerviosismo, el miedo, la ira… Aún sigo trabajando eso, y la mejor manera es denunciar, decir la verdad. Las prostitutas no son solo víctimas de puteros y proxenetas, también de organizaciones subvencionadas cuyo único objetivo es mantenerse.

– ¿Se refiere a las que piden la legalización de la prostitución?

– También. Hay mucho lobo vestido de cordero. Yo he ido a pedir ayuda urgente (para la guagua, para la compra) y me decían que tenían que hacer una reunión para decidir eso. Muy pocos profesionales están preparados para trabajar con las prostituidas. Aquella vez tuve que pasar la noche fuera de casa con un hombre por 80 euros, mintiéndole a mi hija. Sin dormir, cumpliendo todos sus caprichos sexuales.

– En España los informes hablan de que uno de cada tres hombres es putero.

– No hay ningún sitio donde vaya que no me encuentre con un putero. Muchos no me reconocen. He tenido a un putero que llevó el carrito de su bebé, engañaba a su mujer y le decía que iba a pasearlo. Y ahí tenías al proxeneta dando vueltas al bebé en el carrito mientras el padre estaba conmigo.

“Un policía paga 30 euros, que son quince minutos, y se queda con la mujer una hora, que son 120 euros”

– A pesar de que en España no está legalizada la prostitución, ¿no cree que es como si lo estuviera?

– Sí, claro. La gente hace la vista gorda. Y el gobierno también. Aquí primero hay que preparar a la policía, a los trabajadores sociales. Mucha gente habla sin conocimiento de causa. No es lo mismo llevar tres o cuatro años que una mujer que haya estado treinta años como yo. No es lo mismo una mujer en prostitución migrante y sin papeles, con la que pueden hacer lo que quieran, que una que está en su tierra.

– ¿Qué piensa del abolicionismo? ¿Está de acuerdo con plantear una ley que cierre los prostíbulos, sancione la compra de sexo y ayude a las mujeres prostituidas?

– ¡Por supuesto que estoy de acuerdo! Y es más, hay que confiscar los bienes de los proxenetas y utilizar ese dinero para las mujeres víctimas de la prostitución. Una ley abolicionista, una ley como la sueca sería posible aunque hay demasiada corrupción. No seamos hipócritas, a muchas personas no les interesa acabar con ello. España es un paraíso del “turismo sexual barato”. Hay mucha impunidad. Donde sufren más las prostitutas es en esos chalecitos o pisitos normales, sin placa ni nada, que también funcionan como prostíbulos.

– ¿Cómo ve a España ahora? Desde su perspectiva, ¿ha crecido la prostitución en este país desde que llegó en el año 1993?

– Pues claro, cada día que pasa hay más prostitutas y son más jóvenes, menores de edad. Y hay más hombres consumiendo la prostitución como si fueran a tomar una cerveza. También hay más violencia. Y si aumenta la prostitución aumentan las violencias machistas. Si la gente no abre los ojos aquí, España acabará peor que Tailandia. Los hombres europeos quieren niñas y adolescentes como en Tailandia (donde estuve una temporada con un proxeneta rico que conocí en Tenerife y que me llevó a ese país). Los puteros europeos las quieren cada día más jóvenes. Y son los más asquerosos, son los que se van a Brasil, México, Cuba, Colombia, a violar niñas pobres. Si tú caminas por las playas de Río ves a hombres mayores que tranquilamente van con niñas frente a los ojos de todo el mundo y la mayoría son europeos, blancos, con vidas respetables en Europa.

– Después de la vida que ha dejado atrás, en positivo, ¿qué es lo que ha conseguido después de salir de la prostitución?

– Paz.

Kamila asiente y por primera vez hace una pausa. Después de hablar con seguridad casi sin parar, su voz se quiebra y contiene su llanto. Laura Pedernera, la pedagoga, investigadora especializada en prostitución y formadora de la Escuela Abolicionista Internacional que la acompaña en la entrevista, la abraza enseguida. Y Kamila continúa:

– No hay dinero en el mundo que pague la paz de una persona. Llegar a casa, acostarse y no tener miedo. Yo tenía pesadillas, siempre estaba a la defensiva, era muy violenta. Le pido a Dios y a la vida no tener que volver atrás. Hago tratamiento psiquiátrico y psicológico, tomo muchas pastillas. Si hubiera seguido habría terminado loca. Las prostitutas no tienen paz.

 

Nueva vida: militancia política por la abolición de la prostitución

Kamila se siente orgullosa del camino que ha emprendido en su nueva vida. Después de acabar la entrevista sonríe y cuenta que haber participado con su testimonio en la elaboración de la Guía de prevención de la trata y la explotación sexual: Ni trato ni trata. Callar no es una opción, elaborada por el Instituto Canario de Igualdad (de próxima publicación), con autoría de Laura Pedernera, la está ayudando a sanar. “Mis amigas me han felicitado y sienten que se identifican conmigo. La historia de muchas de nosotras es bastante semejante. A veces me siento una ONG ambulante, ayudo a mis amigas que están en prostitución todo lo que puedo. Espero que esta guía le sirva a mucha gente para abrir los ojos y luchar contra la explotación sexual”.

 

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