Por Tasia Aránguez
Introducción
La cultura digital, con redes sociales como Instagram y TikTok, ha exacerbado la cosificación y la explotación sexual de las mujeres bajo la apariencia de empoderamiento. El consentimiento no garantiza la autonomía sexual de las mujeres, ya que está condicionado por una desigualdad sistémica. Mi tesis principal es que, tras el disfraz de la libre elección, las mujeres son empujadas hacia una “pendiente resbaladiza” de sumisión a las normas patriarcales. Argumento que, lo que se presenta como libertad sexual, en realidad perpetúa la desigualdad entre los sexos, la cosificación y la violencia sexual.
En el primer apartado, titulado “la mentira del empoderamiento”, criticaré la idea de que las mujeres puedan alcanzar algún tipo de poder a través de la exhibición de su belleza en plataformas digitales. El supuesto empoderamiento se revela como una trampa; la validación obtenida es efímera y superficial, basada en la conformidad con estándares de belleza impuestos para el consumo masculino, lo que refuerza la cosificación más que la autonomía de las mujeres. En el segundo apartado, “el mito de la libre elección”, expondré que, desde temprana edad, las mujeres son condicionadas para valorar su apariencia sobre cualquier otro factor, creyendo que su “libre elección” de autosexualizarse es un acto de liberación. Sin embargo, este mito encubre una realidad donde las elecciones están moldeadas por presiones culturales y económicas.
En el epígrafe “la pendiente resbaladiza del consentimiento” expondré la dinámica que conduce a las mujeres a participar, de manera progresiva, en prácticas sexuales que inicialmente no querían aceptar. En el apartado “la trampa de la noción de consentimiento” defenderé que todas las definiciones de consentimiento sexual acaban siendo reconducidas hacia la idea de la resignación femenina, porque las desigualdades de poder comprometen la libertad femenina.
En el epígrafe titulado “la cultura de la violación” expondré que las actitudes sociales, y la pornografía normalizan la violencia sexual contra las mujeres. Esta cultura perpetúa la desigualdad y limita la libertad de las mujeres en su vida cotidiana, al justificar la agresión sexual con el mantra de “los hombres son así” y la culpabilización de las víctimas. Finalmente, en el epígrafe “la manada sexual” reflexionaré sobre las agresiones sexuales en grupo. Expondré que, mediante las violaciones grupales, la violencia se convierte en un acto ritual de reafirmación del poder masculino.
En conclusión, el presente ensayo ilustra que las mujeres están atrapadas en una red de expectativas y control social que mina su autonomía sexual y personal. La “pendiente resbaladiza” es una metáfora que empleo para aludir a la escalada hacia prácticas sexuales más extremas. La finalidad del artículo es defender el derecho de las mujeres a ser vistas y valoradas más allá de su cuerpo y su capacidad de complacer a los hombres.
Dentro de la teoría feminista, este ensayo se ubica en un campo multidisciplinar que integra el análisis cultural, el estudio de los medios de comunicación y la filosofía del derecho para ofrecer una visión holística de cómo se construye la sexualidad femenina en la sociedad contemporánea. Estas reflexiones pueden ser útiles para las políticas de igualdad, la educación sexual y las reformas legales relacionadas con la sexualidad y el consentimiento.
La mentira del empoderamiento
¿Por qué la exhibición de la belleza en plataformas como Instagram se ha transformado en una fuente de reconocimiento y validación social para las mujeres? La aprobación de los demás es crucial para el desarrollo personal y la felicidad, pero ¿por qué las jóvenes son tan susceptibles a esta forma superficial de validación?
Puede ser debido a que, como indica Shulamith Firestone (1976), tanto hombres como mujeres tienden a valorar más la música creada por hombres, prefieren ver películas dirigidas por hombres, leen más libros escritos por hombres, se sienten más atraídos por historias con protagonistas masculinos y apoyan más a los candidatos masculinos en las elecciones. Quizás esto genera en las mujeres una falta de reconocimiento social que las lleva a buscar una compensación a través de su imagen.
Aunque las mujeres tienen plenos derechos y pueden llegar a lo más alto en cualquier profesión, en los medios de entretenimiento su identidad se vincula estrechamente a su sexualidad, convirtiéndolas en objetos sexuales deseables. Pero la validación social basada en la imagen es de segunda categoría, ya que es efímera, no exclusiva y superficial. Por otro lado, el prestigio que los hombres suelen obtener con más facilidad y frecuencia, por sus logros deportivos, laborales, académicos, por su humor o éxito económico, es más exclusivo y duradero. La cosificación de las mujeres actúa como una barrera para acceder a este tipo de reconocimiento. Según Catharine MacKinnon (1995), esta cosificación sexual afecta de forma radical a la vida de las jóvenes, hasta el punto de silenciar sus voces y desvalorizar sus ideas, con efectos significativos en su desarrollo profesional y acceso a recursos.
En la era digital, la imagen de las mujeres es estereotipada y reduccionista. La sexualización clasifica a las mujeres en dos categorías principales: las que se consideran atractivas y las que son vistas como superfluas porque no generan interés sexual. Las redes sociales proveen a muchas mujeres jóvenes una forma de validación, pero viene con el costo de una exposición sexualizada. El reconocimiento que se consigue no se fundamenta en las cualidades únicas que hacen a cada individuo especial, sino en la conformidad con modelos preestablecidos diseñados para el consumo rápido de cuerpos intercambiables.
Según Celia Amorós (1987), el patriarcado otorga a los hombres el estatus de “iguales”, mientras que a las mujeres nos reprime para ser “idénticas”. Las mujeres se ven reducidas a ser un producto para el consumo masculino, diferenciadas únicamente por aspectos superficiales como el color del cabello (Firestone, 1976).

Ana de Miguel (2021) señala que desde niñas nos inculcan la idea de dedicar tiempo y recursos a maquillaje, lencería, peluquería y moda. Nos enseñan que “arreglarnos” contribuye a que nos sintamos bellas, atractivas y con poder (aunque la preocupación por la belleza suele generar la sensación de que nuestro cuerpo es imperfecto y requiere ser “arreglado”).
A las jóvenes se les enseña que la peor desgracia es no ser atractivas para los hombres, llevándolas a creer que no hay mayor desdicha que envejecer, ser gordas o no ser bellas. Es como si el propósito principal de una mujer fuera adornar, lo que Amelia Valcárcel (2008) denomina el “deber de agrado”. Así, una mujer que no cumple con los estándares de belleza sería un desecho sin posibilidad de una vida plena. La autora Naomi Wolf (2020) ha criticado la tiranía de la belleza, que empuja a las mujeres a luchar en una batalla imposible contra el envejecimiento, el peso y la normalidad del cuerpo. Podemos decir que esta tiranía se ha intensificado en la era de Instagram.
La autopercepción de la belleza queda ligada con la identidad personal de modo que, como expone Simone de Beauvoir (2005), no es cierto que las mujeres se maquillen para los hombres, pero tampoco es verdad que se maquillen para sí mismas. Ni al compartir su imagen en público ni al mirarse en el espejo pueden separar el deseo que despiertan en los hombres del amor que sienten por sí mismas. La filósofa francesa observa que muchas jóvenes fantasean con ser estrellas de la música porque se imaginan contempladas por un público deslumbrado, desean inspirar adoración para confirmarse a sí mismas su valor, se imaginan su vida como si fuesen la protagonista de la película e, incluso en la soledad de su cuarto, posan al imaginarse que alguien es testigo de su belleza. Beauvoir sostiene que la sociedad nos moldea desde niñas para encajar en una falsa identidad narcisista.
Plataformas como Instagram se transforman en escaparates de cuerpos hermosos, mejorados mediante filtros no realistas o incluso mediante intervenciones quirúrgicas. La belleza es un rasgo tan sobreabundante en redes sociales, que la cosificación sexual y la insinuación erótica se consideran la normalidad. Esto produce una alienación de la persona, como vemos en este interesante testimonio anónimo que nos ha concedido una influencer: “cuando subo a Instagram un texto intelectual o una de mis poesías, no tengo casi ningún me gusta, pero cuando subo una foto en bañador, tengo cientos de me gusta; eso me hace sentirme un poco triste, porque hasta los chicos intelectuales parece que sólo me siguen por las fotos sexis. Hasta mi familia y compañeros de universidad se fijan mucho más en las fotos en bañador. Al final ya no sé muy bien quién soy. Ya sé que la belleza de Instagram es artificial; al principio no me parecían guapas las demás chicas de Instagram, pero ahora sí me gusta esa belleza y yo quiero parecerme. Llevo uñas larguísimas, me pongo pestañas postizas, me aliso el pelo, hago rutinas de maquillaje, me he operado la nariz, me pongo relleno en los labios. A los chicos también les gusta eso”.
Ana de Miguel (2021) comenta que, especialmente desde la adolescencia, se incentiva a las chicas a que empiecen a obtener beneficios de la inversión hecha en su apariencia. Sienten que ser mujer trae ciertos privilegios, como acceder gratis a discotecas. Sin embargo, no se menciona que productos como la ginebra y la coca-cola tampoco pagan entrada, ya que son bienes de consumo. De Miguel observa que la cultura visual de los videoclips les dice a las mujeres que su valor se corresponde con el valor de su cuerpo. Las cantantes producen vídeos como si estuvieran audicionando para contenido pornográfico y transmiten a las jóvenes el mensaje de que el sexo les otorga control sobre los hombres, y que serían estúpidas si no explotaran su físico para obtener ventajas. De esta manera, se fomenta la noción de que una mujer tiene poder cuando un hombre está dispuesto a pagar por verla desnuda o tener relaciones sexuales con ella. Se está inculcando la idea de que el poder de una chica está determinado por el dinero que los hombres le proporcionen.
En el ámbito académico, Catherine Hakim (2012) ha defendido la “teoría del capital erótico”, según la cual, el atractivo físico puede revertir ganancias socioeconómicas. Según esta teoría, las mujeres poseen más capital erótico que los hombres debido a que los hombres están más dispuestos a pagar por el cuerpo femenino. Entre las mujeres, una mujer atractiva tiene más “capital erótico” que una que no lo es. Esta teoría nos lleva a la falsa conclusión de que las mujeres tienen poder sobre los hombres. Sin embargo, en la práctica, sucede todo lo contrario; los hombres poseen más poder y recursos económicos.
A la posibilidad de las mujeres de mostrar su cuerpo a cambio de dinero o beneficios se le denomina “empoderamiento” y “libertad sexual”, pero este “empoderamiento” no representa un verdadero poder, sino más bien un sustituto que sólo logra que la persona que tiene el control haga lo que nosotras queremos. No deberíamos reclamar el poder sobre los hombres sino poder directo, pues de lo contrario nuestro valor social sólo durará lo que dure nuestro atractivo para estos.
En el siglo XXI la ideología del empoderamiento está causando grandes estragos en las chicas. Muchas jóvenes han interiorizado que la mejor opción vital que tienen es obtener un precio por vender su imagen o su cuerpo a los hombres. Concluyen que esas son las reglas del juego en una sociedad que sólo las valora por su fugaz belleza. A la recompensa de la validación social, que ya obtienen con las redes sociales, se le suma la promesa de un beneficio económico modesto pero inmediato. Con la cultura de la cosificación sexual, exhibir el cuerpo se asocia a ideales positivos como la libertad, la valentía y el poderío. Hoy la prostitución ha perdido una parte de la vergüenza social que implicaba en la moral puritana y muchas jóvenes suben fotos en Onlyfans o se prostituyen con un “sugar daddy” pensando que no hay nada negativo en ello y que están manifestando su empoderamiento sexual (Aránguez, 2023).

A muchos hombres también les persuade la mentira del empoderamiento. En su caso, envidian el glamour del papel femenino, el carácter avasallador del mito erótico que ellas pueden representar, su vinculación con el consumo, el entretenimiento y la vida pasiva que promete. Los varones envidian las ventajas de la existencia femenina: cenar y viajar gratis, tener protección masculina frente a la violencia de otros hombres e incluso que algún hombre esté dispuesto a mantenerlas durante años y a compartir todos sus recursos. En particular, muchos hombres envidian la facilidad femenina para tener relaciones sexuales con desconocidos. Al ponderar estas ventajas, los varones no reparan en que las mujeres tienen un papel subordinado y desechable en sus relaciones con los hombres y en el conjunto social. Si la sexualidad de las mujeres se paga con favores, es porque se considera un servicio que ellas dispensan y ellos reciben.
Estos mismos varones miran a las mujeres de modo deshumanizante, les gustan todas las que sean jóvenes y “estén buenas”, sin que importen otros aspectos (De Miguel, 2021). Los hombres están dispuestos a pagar porque así pueden obtener exclusivamente lo que les interesa, sin tener que entablar ningún compromiso, sin tener que esforzarse en hablar con una mujer, sin fingir un interés por su personalidad o sus sentimientos, sin tener que devolver a una mujer la nimbada admiración que preside los sentimientos de una enamorada. El pago también permite a hombres de cualquier edad romper las barreras de la incompatibilidad o la distancia social y acceder a chicas jóvenes.
Muchas jóvenes rechazan el bombardeo constante de mensajes provenientes de la industria del entretenimiento y sospechan que seguir el camino de la cosificación sexual no es un verdadero plan de éxito económico, sino una ruta llena de riesgos, humillaciones insoportables y efectos duraderos en su salud mental y su trayectoria profesional. La negativa a aceptar la sexualización predominante puede llevar a estas jóvenes a sentirse perdidas por la falta de modelos exitosos que no impliquen cosificación. La lucha por encontrar una existencia fuera de este marco de cosificación las expone al riesgo de caer bajo la influencia de discursos conservadores o fundamentalistas religiosos que promueven la vieja dicotomía de “virgen o puta”.
Hemos olvidado la lucha de las ilustradas y sufragistas. Estas mujeres se enfrentaron al estereotipo de la mujer sumisa, pero no con la intención de fomentar la exacerbación sexual, sino para defender un ideal de autonomía económica y emocional para las mujeres. La belleza y la sexualidad eran aspectos secundarios para estas feministas clásicas, quienes abogaban por la emancipación mediante la educación, las profesiones, el empleo, el acceso a la opinión pública, la libre expresión, la creación artística, el deporte, el activismo, la política y la exploración del mundo. En resumen, reclamaron para las mujeres la participación plena en todas las áreas de la actividad humana.
El mito de la libre elección
En las sociedades occidentales actuales se ha producido un efecto pendular, dado que se ha pasado de la condena sin paliativos a la sexualidad, a la santificación de toda práctica sexual, sin importar que esté basada en la igualdad o en la jerarquía. Cuando se trata de sexo, nada es malo y nunca es suficiente. La pornografía es una de las piezas clave de esa noción desideologizada de la libertad sexual en la que cualquier cosa que lleve sexo incorporado se considera positiva.
Sin embargo, la pornografía alimenta una sociedad fundada sobre un “contrato sexual” (Pateman, 2019), un pacto invisible entre los hombres que consagra su derecho a utilizar el cuerpo de las mujeres. Las mujeres son marcadas como el ser que existe para el placer masculino y que puede ser humillado. En la pornografía, el “consentimiento” no significa lo mismo para los hombres y para las mujeres: los hombres disponen y las mujeres aceptan pasivamente. El hombre es sujeto y la mujer es objeto.
Según Ariel Levy (2005), la cultura contemporánea ha experimentado una “pornificación”, donde los valores y estéticas de la pornografía han permeado la cultura popular, promoviendo una sexualidad hipersexualizada y superficial que las mujeres a menudo adoptan como un símbolo de empoderamiento, cuando en realidad refuerza su objetivación. Por eso Rosa Cobo (2020) ha definido la pornografía como una “escuela de sexualidad”.
En la sociedad pornificada, el consentimiento no es un contrato entre iguales sino una adhesión. La ideología pornográfica normaliza la instrumentalización sexual de las mujeres, de modo que las actrices porno no son tratadas como seres humanos sino como medios. Como he argumentado en mi artículo “Tres modelos legislativos de la pornografía” (Aránguez, 2022), cualquier práctica que fuera de la pornografía se consideraría tortura y un atentado contra la dignidad, se acepta como algo tolerable si se produce dentro del ámbito de la sexualidad. La despersonalización de las actrices porno se traslada a cualquier mujer desnuda o a una mujer que envía una imagen sexual a su pareja. Popularmente se considera que los hombres, a causa de sus “instintos”, no pueden evitar tratar a las mujeres como si fuesen cosas sin voluntad propia. La sociedad tiene un doble rasero cuando se trata de sexualidad. Existe la idea de que la sexualidad es una especie de juego del gato y el ratón al que se aplica la expresión de “en el amor y en la guerra todo vale”. Este estado de excepción moral priva de derechos sólo a las mujeres, normalizando que estas sean engañadas, burladas y sometidas.
La revolución sexual que tuvo lugar en los años setenta y durante “el destape” español, sustituyó la antigua moral puritana por la nueva ideología del “neoliberalismo sexual” (De Miguel, 2015). Se defendió que toda práctica sexual es buena, con independencia de lo violenta o denigrante que pueda ser para las mujeres. En realidad, ni el puritanismo ni el neoliberalismo sexual resultan ideologías beneficiosas para las mujeres porque en ambas las mujeres son reducidas a la condición de objetos; en ambos modelos se naturalizan las relaciones asimétricas y la manipulación de las mujeres. Con la difusión de la nueva idea de libertad sexual, los hombres pudieron acceder a muchas mujeres sin tener que comprometerse con ellas ni pagarles. Kate Millett (2010) criticó la figura idealizada del hombre bohemio e inconformista que consume mujeres en serie. La alianza entre la derecha y la izquierda en torno a la idea de que la pornografía y la prostitución son manifestaciones de libertad, permitió un crecimiento desorbitado de estos negocios criminales (Firestone, 1976).
Las feministas de los ochenta denunciaron que en la sexualidad patriarcal las mujeres no tenían orgasmos, y que las relaciones estaban centradas en el coito y en la eyaculación masculina, denunciaron la jerarquía de las relaciones entre señores mayores y chicas jóvenes, así como las manipulaciones ejercidas mediante alcohol, abuso de superioridad o chantaje. Las mujeres reivindicaron las relaciones basadas en la reciprocidad y el deseo mutuo.
Ana de Miguel (2021) expone que ahora se está dirigiendo de forma persistente a las chicas el mensaje de que la libertad sexual consiste en autocosificarse y que representar el papel de objeto erótico plasma el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Dicha vinculación entre el sexo y la libertad femenina, se difunde en medios de comunicación, redes sociales, televisión, plataformas como Netflix y revistas de moda y cotilleo.
Influidas por la filosofía del “neoliberalismo sexual”, muchas mujeres aceptan relaciones degradantes y realizan prácticas que les causan dolor físico u emocional. Se fuerzan a sí mismas a participar en tríos, a dejar que les desgarren el culo, practican sexo sin preservativo, satisfacen con desgana el fetiche de su pareja de vestirse de cuero o de conejitas y cagan sobre su pareja, si él se lo pide. Germaine Greer (1970) hace notar que la cultura pornificada conduce a aceptar cualquier cosa en una búsqueda compulsiva de seguridad, pensando que una entrega sin límites y un sometimiento sin límites dará lugar a un enganche sin límites y un compromiso sin fecha de caducidad.

Como he expuesto en mi trabajo “Onlyfans. La uberización de la pornografía” (2023), en la actualidad, se está normalizando la participación masiva de las chicas en la pornografía a través de plataformas como Onlyfans. Está muy extendida la idea de que el único problema de estas plataformas es la estigmatización que pesa sobre las chicas, pero que no hay problema alguno en vender sexo. Se considera que participar en Onlyfans forma parte de la libre elección de las mujeres. Pero sorprende que la libre elección de las mujeres consista en reforzar el concepto del sexo como un servicio que las mujeres realizan para los hombres. No se trata de una sexualidad recíproca y basada en el deseo mutuo. Las mujeres no son tratadas como personas únicas. El modelo sexual de Onlyfans es el consumo de mujeres que se compran en un catálogo de imágenes y que pueden ser coleccionadas pagando una suscripción. La personalidad de las mujeres es irrelevante y se las trata como bienes coleccionables que resultan atractivos por poseer características estandarizadas (tetas, culo, labios voluminosos, entre otros).
Onlyfans promete culminar el proceso iniciado por la revolución sexual neoliberal: disolver la distinción puritana entre esposas y putas, porque todas las mujeres serían “putas”. Todas quedarían integradas en un harem universal y así sería derribado el último impedimento, no habrá mujeres inalcanzables. Con la nueva generalización de la pornografía, a cualquier chica y a cualquier famosa se le puede ofrecer dinero para verla desnuda y podría avenirse a negociar un encuentro sexual si se le paga lo suficiente.
Frente al discurso de que la libertad sexual consiste en renunciar a la igualdad entre los sexos, el feminismo considera que no toda acción sexual es manifestación de libertad, pues hay prácticas que fomentan la reciprocidad y otras que refuerzan la dominación. Dejarse dominar no es una manifestación de libertad sexual.
La pendiente resbaladiza del consentimiento
Zygmunt Bauman (2015) describe que la sociedad digital ha dado paso a un individualismo exacerbado, donde las relaciones duraderas han sido reemplazadas por vínculos efímeros. En este nuevo orden social, especialmente entre los jóvenes, se privilegia la cantidad sobre la calidad, y las relaciones se convierten en algo superficial y desechable. Esta tendencia refleja un cambio cultural donde las relaciones amorosas son vistas como experiencias pasajeras en lugar de compromisos a largo plazo.
Los hombres muestran una especial reticencia hacia el compromiso, interesándose más en encuentros sexuales sin ataduras que en construir un futuro común. Para muchas mujeres jóvenes, la llegada de los 30 años trae consigo un temor significativo. Según Ana de Miguel (2021), existe una percepción generalizada de que “disfrutar la juventud” puede extenderse hasta bien pasados los 40, pero esta juventud es valorada de manera muy diferente según el sexo. Las mujeres sienten la presión de un “mercado” matrimonial donde su valor parece disminuir con la edad, como si fueran productos perecederos. Esta ansiedad no sólo proviene del deseo de encontrar una pareja, sino también de la angustia de pasar de un desengaño a otro con hombres que no buscan compromiso. El ciclo repetitivo de relaciones con hombres inmaduros puede llevar a las mujeres a normalizar comportamientos abusivos y a aceptar romances sin reciprocidad, alimentando un pesimismo creciente sobre sus posibilidades de encontrar una relación equitativa y satisfactoria.
No es de extrañar que muchas jóvenes sientan desesperación, ya que no tienen claro qué hacer para “ser elegidas”. Las redes sociales como Instagram son un reflejo de esta desesperación colectiva, donde se exhiben cuerpos estéticamente perfectos, mejorados con filtros digitales o incluso con intervenciones quirúrgicas. La belleza es tan común en Instagram que la hipersexualización y la sugerencia erótica se convierten en el estándar impuesto para destacar.
En Instagram, la presión estética sobre las mujeres para gustar a los chicos se intensifica porque la autoexhibición se considera un arte digital donde la perfección no sólo es deseable sino casi obligatoria. Las mujeres, especialmente las más jóvenes, se enfrentan a una realidad donde cada publicación puede ser una competición de quién posee el cuerpo más esculpido, la piel más impecable, o el look más a la moda. Instagram se convierte en un escaparate donde las imágenes establecen estándares de belleza inalcanzables en la vida real. La dinámica de likes, comentarios y seguidores en Instagram potencia una cultura de validación donde el valor de una mujer se mide por la reacción positiva de los hombres. Esta red social promueve la idea de que, para ser vista, apreciada o incluso amada, una debe encajar en un molde estético muy específico. Las mujeres sienten la presión de no sólo mantener, sino mejorar constantemente su apariencia, lo que con puede llevar a una mala relación con su imagen corporal, promoviendo conductas como dietas extremas o someterse a procedimientos estéticos y cirugías para “mejorar” su imagen digital.
Por su parte, TikTok ha introducido formatos como los tutoriales de maquillaje, que prometen transformaciones de “antes y después” y refuerzan la idea de que hay que trabajar de modo concienzudo en la belleza. La plataforma está llena de filtros que suavizan la piel, agrandan los ojos, o esculpen el cuerpo en tiempo real, creando una ilusión de perfección accesible con sólo un clic. Esta realidad virtual de la belleza no sólo dicta cómo las mujeres deben verse, sino también cómo deben moverse y comportarse para ser consideradas atractivas.
El temor a no conseguir pareja, o a perderla, empuja a las jóvenes hacia un constante traspaso de sus propios límites personales. Los chicos presionan a las chicas para que envíen fotos desnudas o vídeos pornográficos a través de aplicaciones como WhatsApp, en un ciclo de solicitudes cada vez más agresivas. Comienza con la petición de un “selfie” inocente, y una vez que la chica supera su inicial reticencia y accede, el chico no tarda en pedir contenido aún más explícito. Esta dinámica no sólo refleja una presión social y psicológica significativa, sino que también crea un ambiente donde el consentimiento se ve comprometido y la autoestima de las mujeres se pone en juego por la búsqueda de validación. La pendiente resbaladiza hacia contenidos más explícitos puede llevar a las mujeres a situaciones de vulnerabilidad, donde el temor a la “venganza pornográfica” se vuelve una preocupación latente y las fotografías y vídeos son un instrumento permanente de control en manos del hombre.
Según Raquel Rosario (2021) en su análisis de los foros en línea frecuentados por clientes de prostitución, los hombres parecen disfrutar de manera especial al desafiar los límites del consentimiento. En la sociedad pornificada actual, una parte significativa del placer sexual masculino proviene de vencer a las mujeres, erosionando cada límite. El sexo se concibe como una conquista, una lucha, un asalto. Cualquier práctica que una mujer no desee realizar, ya sea sexo anal, sexo oral o tragar semen, se convierte en el objetivo principal del hombre. Las jóvenes pierden por completo la capacidad de establecer límites en las relaciones sexuales, deslizándose por una pendiente resbaladiza de prácticas sexuales no seguras, extremas y traumáticas, que los jóvenes imitan de la pornografía.
Esta dinámica revela una paradoja inquietante: puede existir la percepción de que no existen violaciones, ya que el “consentimiento” está presente. Bajo la presión de una cultura que normaliza la hipersexualización, las mujeres pueden consentir todas las prácticas sexuales, pero este consentimiento es forzado por una cultura que mina la capacidad de las mujeres para negarse sin consecuencias, ya sean sociales, emocionales o físicas. Esta situación muestra la debilidad de los límites entre consentimiento y la coerción en una sociedad en la que la libre elección de las mujeres se ha convertido en sinónimo de subordinación sexual.
Como expuse en “Onlyfans. La uberización de la pornografía” (2023), muchas jóvenes actuales se plantean abrirse una cuenta en Onlyfans o participar en prostitución esporádica. Lo perciben como una progresión racional después de haber utilizado Instagram y de haber enviado fotos íntimas a diferentes parejas. Han invertido en su apariencia, tanto a nivel económico como emocional, y han soportado relaciones abusivas sin ver avances en sus aspiraciones amorosas. Han llegado a aceptar prácticas sexuales extremas y a participar en encuentros sexuales casuales sin placer, en un esfuerzo por hallar una relación estable. Comienzan a ver poca diferencia entre la prostitución y la experiencia de sus propias relaciones, que carecen de reciprocidad emocional. Sienten que han sido explotadas sexualmente sin obtener beneficio alguno, lo que las lleva a considerar que podría ser una decisión inteligente aceptar formas de intercambio sexual socialmente más aceptadas. Esta percepción refleja una realidad donde las jóvenes, al no encontrar satisfacción o reconocimiento en sus relaciones personales, buscan validación y control sobre su sexualidad a través de medios que les permitan capitalizar su imagen y su cuerpo. Algunas jóvenes utilizan las redes sociales para encontrar un “sugar daddy”, un hombre mayor que les proporcione ropa y regalos a cambio de compañía y favores sexuales. Estas relaciones son abiertamente transaccionales, aunque se disfrazan con la apariencia de un romance convencional.
Amelia Tiganus (2021), teórica feminista y superviviente de trata, explica que las experiencias de violencia sexual, abuso infantil, violación, así como la cultura del sexo de usar y tirar, juegan un papel fundamental en la “fabricación” de la identidad de una “puta”. Este proceso de “fabricación” de la subjetividad de la “puta” no sólo se refiere a las experiencias traumáticas directas, sino también a cómo la sociedad y la cultura moldean la percepción que las mujeres tienen de sí mismas. Desde una edad temprana, las mujeres pueden interiorizar mensajes de que su valor reside en su atractivo sexual, llevándolas a una autocosificación donde ven la sexualización de su cuerpo como una estrategia de supervivencia o “empoderamiento” dentro de un sistema patriarcal. Este fenómeno se debe a las narrativas culturales que reducen la identidad de cada mujer a su valor sexual.
Esta trayectoria biográfica hacia la explotación sexual puede explicar por qué, en la era de las redes sociales, incluso jóvenes sin apremio económico se están uniendo a plataformas como Onlyfans, donde se comercializan imágenes eróticas por dinero. Estas mujeres podrían sentir que no hay salida a una cultura que las cosifica sexualmente, llegando a la conclusión de que su valor social depende exclusivamente de su apariencia física. Por tanto, optan por asumir este rol y monetizar su belleza.
Aunque se intenta normalizar, la sociedad reconoce que la prostitución y la pornografía conllevan riesgos y altos costos sociales para las mujeres. Por el contrario, Onlyfans es vista como una plataforma inofensiva debido a la normalización generalizada de la cosificación sexual de las mujeres, ya que algunas las fotos compartidas ahí son análogas a las publicadas en Instagram o enviadas a novios por Whatsapp. La participación de celebridades y cantantes en Onlyfans ha ayudado a trivializar su uso entre las jóvenes. Sin embargo, esta apariencia de normalidad e inocuidad de Onlyfans es engañosa. Al presentarse como una extensión natural de compartir contenido personal en otras redes sociales, se minimiza la dimensión comercial y explotadora de la plataforma. Esta percepción puede llevar a las jóvenes a subestimar los riesgos para la privacidad, la explotación sexual y la presión para producir contenido cada vez más explícito para mantener el interés de los suscriptores. En especial, la plataforma llama la atención a las mujeres cansadas de trabajos mal pagados y que necesitan dinero para estudios o para el alquiler.
La opción de enviar mensajes privados en Onlyfans permite a los hombres ofrecer mayores sumas de dinero a las jóvenes a cambio de imágenes cada vez más explícitas o de encuentros sexuales, ya sea en vídeo o en persona. Los usuarios también pueden dar propinas, y se han dado casos donde mujeres se subastan en la plataforma para encuentros sexuales con el mejor postor. La ambición de aumentar sus ingresos puede empujar a las mujeres a ir más allá de sus límites iniciales, ofreciendo contenido aún más explícito como exclusivo o recompensando a quienes dan propinas con imágenes pornográficas más atrevidas. Esta presión por producir contenido cada vez más explícito surge no sólo de la búsqueda de mayores ganancias, sino también de la inmensa competencia que existe en Onlyfans. Con la saturación, mantener a los suscriptores se vuelve un desafío constante, ya que el interés de los seguidores tiende a desvanecerse con el tiempo. Esto crea una carrera hacia el contenido más extremo para mantener el mismo nivel de ganancias. Además de ello, existe una presión para producir contenido más impactante debido a la percepción de que el atractivo de las mujeres disminuye con la edad. Onlyfans reitera la dinámica de “pendiente resbaladiza”, donde las mujeres terminan participando en prácticas que originalmente no tenían intención de realizar.
La trampa de la noción de consentimiento
En mi artículo “Delitos sexuales más allá del consentimiento” (Aránguez, 2024) expuse que el debate sobre el significado del “consentimiento sexual” ha adoptado en ocasiones la forma popular de una disputa entre eslóganes: “no es no, lo demás es violación”, “sólo sí es sí” o “consentir no es desear”. En última instancia, la noción de consentimiento parece conducir de forma indefectible a la idea de resignación femenina.
Históricamente, la violación se identificaba cuando una mujer se resistía físicamente y decía “no”. Sin embargo, el movimiento feminista ha insistido en la importancia del consentimiento afirmativo, donde sólo un “sí” explícito y claro de la mujer indica consentimiento sexual. Este cambio de paradigma de “no es no” al “sólo sí es sí” significa que cualquier actividad sexual sin un consentimiento activo es considerada violación, con independencia de si hubo, o no hubo, violencia física.
La jurista Susana Gisbert (2018) critica el “consentimiento negativo”, que exige que la víctima diga “no”. Gisbert se opone a dicha visión tradicional porque se basa en una desconfianza de partida hacia la palabra de las mujeres. Gisbert pone el ejemplo de dejar un móvil en una mesa de un bar. Dejar posado el móvil en tu mesa no significa autorizar a nadie a que te lo robe. Del mismo modo, el comportamiento o la vestimenta de una mujer no implican consentimiento para ser víctima de violación. Sin embargo, en casos de violación, hay una tendencia a culpar a la víctima, sugiriendo que de alguna manera ella lo deseaba o lo provocó.
Catharine MacKinnon (1995) y Andrea Dworkin (1993) abordan cómo el sistema judicial y la sociedad utilizan el comportamiento y el historial sexual de las mujeres para desacreditar sus denuncias por violación. MacKinnon argumenta que el historial de la víctima debe ser irrelevante en juicios por violación. Dworkin critica la cultura machista extendida, que asume que las mujeres en el fondo desean ser violadas, de modo que se interpreta un “no” como un “sí” implícito. Basándose en prejuicios sobre las mujeres, muchas personas someten a las víctimas de violación a un escrutinio para detectar señales de consentimiento, provocación, o un comportamiento “incoherente” después de los hechos, como estar contenta o salir con sus amigas. Esas presuntas incoherencias se esgrimen para justificar la violación y culpar a la víctima, sugiriendo que deberían haber resistido más o que sus experiencias sexuales previas o posteriores ponen en duda su testimonio.
La teórica legal Catharine MacKinnon (1995) señala que es común que muchas personas acusen a una mujer denunciante de estar mintiendo por algún interés oculto, mientras que, cuando se trata de un hombre denunciante, se considera menos probable que mienta sobre algo semejante. Además, no son iguales para ambos sexos las repercusiones sociales de hacer pública la denuncia entre su círculo cercano o ante la sociedad en general. Consideremos, por ejemplo, el caso del vídeo sexual filtrado de Pamela Anderson y Tommy Lee: la difusión no tuvo las mismas consecuencias para ambos.
El cambio del consentimiento negativo (“no es no”) a un consentimiento afirmativo (“sólo sí es sí”) genera críticas de algunos hombres que, según apunta la teórica del derecho Catharine MacKinnon, sienten que su presunción de inocencia se ve comprometida cuando se da credibilidad a las víctimas sin presumir que mienten. El cambio en la noción del consentimiento desafía el supuesto derecho de los hombres a acceder a los cuerpos de las mujeres.

El caso “La Manada” en España provocó indignación al revelar cómo el sistema judicial exigía que una mujer demostrase resistencia física para ser reconocida como víctima de violación, una exigencia que no sólo era injusta, sino también peligrosa, como ilustró el asesinato de Nagore Laffage tras resistirse. En “La Manada”, la víctima estaba psicológicamente paralizada frente a un grupo de agresores. Las feministas han subrayado la necesidad de un modelo de consentimiento que no dependa de la resistencia física, porque una violación es igual de grave si la víctima no puede resistirse, como en casos de ebriedad, drogas, inconsciencia o miedo. El enfoque del “no es no” falla al abordar situaciones de coacción emocional, amenaza implícita o chantaje emocional por parte de la pareja o del amigo que te ha invitado a cenar.
Sin embargo, el consentimiento afirmativo del “sólo sí es sí” tampoco resuelve todos los problemas, puesto que un “sí” no siempre es libre. Por tanto, a “sólo sí es sí”, es imprescindible añadir que “no todo sí es sí”.
En relación con las limitaciones del “sólo sí es sí”, en primer lugar, hemos de señalar que hay personas que no tienen capacidad de consentir. Por ejemplo, habríamos de cuestionar si una adolescente de 16 años tiene la misma capacidad de consentir mantener relaciones sexuales, ¿puede una adolescente tener relaciones sexuales con su profesor de instituto? En España, la Ley de Libertad sexual del año 2022 se basa en el “consentimiento afirmativo” y considera que una persona de 16 años tiene plena libertad sexual, pero esta perspectiva ignora que muchas adolescentes están sometidas a autoridad o influencia directa de personas adultas.
En segundo lugar, hay situaciones en las que el consentimiento no es libre, como cuando hay un pago por sexo. El intercambio de dinero por sexo es uno de los ejemplos más claros de abuso de poder, pero la nueva ley española, basada en el consentimiento afirmativo, no considera que la prostitución sea violación. Al involucrar dinero, el consentimiento en la prostitución está siempre comprometido. La prostitución representa una forma tradicional de sometimiento femenino, exacerbada por estructuras de dominación sexual, económica y racial. Junto con la prostitución, hay otras muchas situaciones en las que un “sí” puede ser arrancado, como cuando un jefe propone relaciones a su empleada.
Las limitaciones del concepto de “consentimiento afirmativo” se derivan de una perspectiva “liberal” de la sexualidad que percibe consentimiento y “libertad sexual” donde debería detectar abuso de poder. Por ejemplo, algunas de las asociaciones que asesoraron en la redacción de la ley de Libertad Sexual consideran la prostitución como una expresión legítima de libertad sexual. Además, la visión del consentimiento afirmativo puede ser reduccionista si analiza la sexualidad en exclusiva desde la óptica de la libertad y no desde la óptica de la “indemnidad sexual”. Las niñas, las mujeres con ciertas discapacidades intelectuales o aquellas que están inconscientes no pueden ejercer ninguna libertad sexual; lo que tienen es el derecho a que se salvaguarde su indemnidad, su derecho a la inmunidad sexual.
El consentimiento afirmativo del modelo “sólo sí es sí” no consigue erradicar la idea patriarcal del consentimiento visto como resignación de la mujer. Este modelo no logra reemplazar el concepto de consentimiento por el de igualdad. El énfasis en el “sí” puede volverse en contra de las víctimas de crímenes sexuales, culpabilizándolas con ideas como: “oye, fuiste tú la que me dijiste que sí”.
Según Andrea Dworkin (1993), la sociedad patriarcal enseña a las mujeres que en el fondo disfrutan al ser violadas y que, en esencia, siempre quieren. Dado que las mujeres no desean sentirse violadas y los hombres tampoco quieren verse como violadores, es comprensible que una mujer se cuestione: ¿acaso yo realmente quería? La mujer puede hallar alivio diciéndose “yo quise” y el hombre puede encontrarlo pensando “ella sí quería”. Es el mito de la libre elección. Ana de Miguel (2015) alude al “neoliberalismo sexual” para describir la ideología predominante que llega al punto de denominar al abuso “libertad sexual”.
A menudo, después de sufrir una agresión sexual, las mujeres pueden volver a tener relaciones sexuales con el agresor o con otros hombres en un esfuerzo por recuperar el control o para intentar que la experiencia termine bien esta vez. Algunas sienten culpa y confusión si experimentan placer físico durante un acto sexual no deseado. Hay mujeres que se sienten culpables porque llegan a pensar que en realidad deseaban la violación o el abuso infantil, asumiendo que esto refleja su verdadera sexualidad. Una mujer que ha accedido al sexo bajo presión, engaño, chantaje o fuerza puede convencerse de que “lo quería” para sentirse mejor. Una mujer puede martirizarse pensando que tenía alguna alternativa y que eligió someterse.
Frente al consentimiento negativo y el consentimiento afirmativo, el feminismo ha propuesto, como tercer modelo, sustituir el consentimiento por el deseo mutuo. Así lo recoge el lema “consentir no es desear”. Sin embargo, la teórica feminista Andrea Dworkin (1993) advierte que también el consentimiento basado en el deseo mutuo puede ser manipulado. La sexualidad en el patriarcado es algo que se aprende y las mujeres se acostumbran a sentirse excitadas con ella. También, a las mujeres se les enseña que cuando los hombres usan sus cuerpos para satisfacerse, eso es una señal de amor. El concepto de consentimiento en un sistema patriarcal está tan distorsionado que se puede llegar a afirmar que una mujer consintió el mismo acto sexual que provocó su muerte, basándose en que disfrutaba de prácticas sexuales extremas. Una mujer puede haber sido empalada, asfixiada y torturada hasta la muerte y, aun así, el Tribunal podría considerar que ella consintió, alegando que “sólo fue sexo que se salió de control”. La violencia, la jerarquía y el abuso de poder a menudo se disfrazan bajo la máscara del deseo, lo que indica que reemplazar el término “consentimiento” por “deseo” no resuelve el problema del consentimiento.
En una cultura que fomenta la “mentira del empoderamiento”, el “mito de la libre elección” y la “pendiente resbaladiza del consentimiento”, puede ser difícil diferenciar entre lo que queremos y lo que la sociedad nos dice que queremos. Como argumentó Andrea Dworkin (1993), las mujeres pueden “consentir” el sexo por diversas razones: para probarse a sí mismas que no son prejuiciosas, para ser amadas, aprobadas, remuneradas o simplemente para sobrevivir otro día. No debería extrañarnos que las mujeres que sufrieron abuso infantil, las mujeres pobres y las mujeres con la autoestima destrozada, sean las que más “eligen” mantener relaciones sexuales humillantes o adentrarse en la prostitución.
Al final, el debate revela las limitaciones inherentes a cualquier concepto de consentimiento. La jurista Catharine MacKinnon argumenta que la sociedad etiqueta como consentimiento la sumisión que surge de la desesperación de los desamparados frente a la desigualdad: “Los hombres coaccionan a las mujeres y las mujeres consienten” (1995, 301). Por lo tanto, como he defendido en el artículo “Delitos sexuales más allá del consentimiento” (Aránguez, 2024), la teoría feminista del derecho reorienta el foco desde la subjetividad del consentimiento hacia la objetividad de la relación jerárquica entre hombres y mujeres.
La cultura de la violación
En España, según las estadísticas del INE, el 98% de los delincuentes sexuales son hombres (INE, 2021). Por su parte, el 85% de las víctimas de dichos delitos son mujeres y niñas (Ministerio del Interior, 2020). ¿Por qué los hombres son los que violan y las mujeres las violadas?
Como señalé en mi artículo “Ceguera al sexo: ¿debería tenerse en cuenta el sexo del agresor y de la víctima en los delitos sexuales?” (Aránguez, 2024), podríamos reflexionar, en primer lugar, sobre las diferencias biológicas entre los sexos. La más obvia es que los hombres tienen pene. Tener un pene significa que los hombres pueden penetrar a una mujer con su miembro, mientras que una mujer sólo puede penetrar a un hombre usando sus dedos o algún objeto. Este tipo de penetración no conduce al orgasmo de la agresora. Además, si una mujer intenta obligar a un hombre a tener relaciones sexuales, esto no es posible sin que él tenga una erección, algo que se complica en situaciones de violencia. Estas diferencias generalmente implican que la mujer no experimente placer físico al cometer una violación. Entre las diferencias físicas, es importante destacar la mayor fuerza muscular de los hombres. Esta fuerza facilita la sumisión de la víctima, aumentando las oportunidades de los hombres para cometer delitos sexuales y otras formas de violencia. Por otro lado, la menor fuerza física de las mujeres las hace más susceptibles a ser víctimas de la violencia masculina. Susan Brownmiller (1981) argumentó que la capacidad física de los hombres para violar a las mujeres los inclina a hacerlo.
A pesar de estas diferencias biológicas, Kate Millett (2010) enfatiza que los factores culturales son mucho más significativos. El patriarcado ha construido históricamente una cultura que promueve la agresión sexual y obstaculiza su procesamiento legal. Aún se percibe que una mujer queda deshonrada después de sufrir un ataque sexual. Millett señala que las estadísticas oficiales de violaciones sólo reflejan una mínima parte de la realidad debido a la vergüenza asociada, que desalienta a las mujeres de denunciar. Además, todavía se ve como una afrenta al honor masculino que un hombre se acerque con intenciones sexuales a una mujer considerada “propiedad” de otro. Marilyn Frye (2022) denominó a estos factores “cultura de la violación”.
La violencia sexual se utiliza para manifestar odio hacia las mujeres (agresividad, desprecio y el deseo de ultrajarlas). La hostilidad hacia las mujeres está tan normalizada que desemboca en la trivialización estética o humorística de la violencia machista. En una sociedad patriarcal, el sexo y el poder están profundamente interrelacionados. Catharine MacKinnon (1995) subraya que la pornografía actúa como un arma ideológica porque enseña a los hombres a excitarse con la dominación y a las mujeres a excitarse con la sumisión. Ambos sexos aprenden a interiorizar estos patrones como parte de su identidad, a vivirlos de manera personal y a asociarlos con lo erótico. MacKinnon sostiene que la pornografía sexualiza la desigualdad entre los sexos, llegando al extremo de que es la violencia lo que dota a la sexualidad de su carácter erótico. Sin el abuso de poder, la sexualidad pierde su atractivo. Georges Bataille, un defensor de la pornografía, aceptó que: “en esencia, el ámbito del erotismo es el ámbito de la violencia, de la violación” (1969, 10). Lo más problemático es que el sexo se utiliza como un medio de dominación.
A causa de los significados sociales de la sexualidad, el sexo del agresor y de la víctima es crucial para entender un delito sexual. Incluso la violencia no sexual, como las bofetadas y los feminicidios, puede ser vista como excitante, como evidencian ciertos productos de pornografía extrema o películas convencionales que mezclan brutalidad y sexo. Andrea Dworkin (1993) argumenta que, bajo la dominación masculina, no existe una separación entre sexo y violencia. En la mayoría de los crímenes contra las mujeres, el acto sexual es un componente inherente de la violencia o su motivación. Por ejemplo, una mujer puede someterse dócilmente a su agresor después de una paliza para intentar evitar la siguiente. Para algunos hombres, la paliza en sí misma puede ser un acto sexual.
A pesar de las pruebas estadísticas que muestran la importancia del sexo del agresor y de la víctima, muchas personas sostienen que un delito sexual cometido por un hombre es idéntico a uno perpetrado por una mujer, o que la experiencia de la víctima es la misma sin importar su sexo. Aunque se subestime la importancia de la jerarquía social entre los sexos, es común que al mismo tiempo se consideren naturales las diferencias entre los sexos para minimizar la gravedad de la violencia sexual, argumentando erróneamente que “los hombres son así”. Según Kathleen Barry (1988), existe una especie de mito en torno al impulso sexual masculino, donde el pene tiene voluntad propia. Se cree que, desde la adolescencia, surge en los hombres un impulso que, una vez activado, no puede controlarse ni aceptar un “no” como respuesta. Esta sexualidad activa y agresiva, incluso violenta, se justifica apelando a la naturaleza del deseo masculino. Este deseo se usa como argumento para defender la prostitución, el acoso, el consumo de pornografía y la práctica de coleccionar mujeres como si fueran trofeos sexuales. La supuesta naturaleza masculina actúa como una excusa social que reduce las expectativas éticas sobre la conducta de los hombres.
Según Andrea Dworkin (1993), la contrapartida de esta percepción del hombre es la visión de la mujer como inherentemente sumisa, siempre dispuesta a humillarse, contorsionarse y limitarse. En el fondo, se sostiene la idea de que la mujer posee una naturaleza inferior, una especie de masoquismo irracional que la lleva a desear ser dominada y lastimada. Sólo al encontrar un hombre fuerte y capaz de someterla, la mujer se sentiría completa y en su verdadero lugar natural. Desde esta perspectiva, las mujeres que caminan por la calle tendrían la intención, consciente o inconsciente, de provocar una reacción en los hombres. Las mujeres que se mueven por espacios públicos, especialmente en la oscuridad de la noche o en un bar, estarían buscando atraer a hombres. La atención masculina sería su recompensa, incluidos los pasos tras su espalda en una calle oscura y solitaria. Por lo tanto, las mujeres serían seres creados por la biología para que los hombres les hagan cosas que se considerarían abusivas si se las hicieran a otros hombres. Las mujeres que salen de noche o que transitan por lugares aislados son percibidas por algunos como “busconas” y por otros como imprudentes que se arriesgan a recibir proposiciones y agresiones sexuales. Como consecuencia, las mujeres sienten temor al estar en la calle y limitan sus desplazamientos. Los hombres disfrutan de la libertad de moverse, mientras que las mujeres ven su movilidad restringida. Es frecuente oír advertencias como, “¿dónde vais tan solas las dos?” o, “no viajes sola, que es peligroso”.
Como señala Dworkin (1993), la historia de las mujeres ha sido la historia del confinamiento. La violencia sexual restringe de manera significativa la vida diaria de todas las mujeres, más allá de aquellas que son víctimas directas de cada acto. Es un tipo de violencia que genera miedo y coacción, perpetuando la división del espacio y limitando el comportamiento de las mujeres.
Desde la niñez, se enseña a las mujeres a estar agradecidas por contar con un hombre que las proteja. Se les hace ver que cualquier niña o mujer que se mueva sola es un objetivo, pero que, si está acompañada por él (sea su pareja, pariente o amigo) o si se queda en casa con él, estará a salvo. Catharine MacKinnon (1995) explica que se piensa en la violación como algo que hacen los violadores, individuos extraños, como si fueran de una especie diferente al resto de los hombres. Sin embargo, la autora aclara que esto no es cierto, ya que la mayoría de los agresores sexuales son hombres comunes. La idea de violar es excitante para muchos. Según ella, la violación no es una desviación patológica, sino una manifestación normal del patriarcado. La mayoría de las violaciones, como las que ocurren con alcohol y una amiga semiinconsciente o cuando una chica cede ante la insistencia de su novio, son vistas como normales. Casi todas las violaciones tienen lugar en el contexto de la pareja o la amistad.

Desde la perspectiva machista que estamos describiendo, la supuesta inferioridad natural de la mujer llega al extremo de que no se ve a las mujeres como individuos, sino como un “ella” genérico, una “puta”. Considerar a la mujer como un ser sin identidad propia ni voluntad es esencial para la sexualidad misógina. Esta visión deshumaniza a las mujeres, convirtiéndolas en objetos que se pueden fragmentar en partes: piernas, trasero, cabello. Su valor depende de cuánto deseen los hombres tener relaciones con ellas, como si todas las mujeres fueran por naturaleza parte de un mercado sexual donde ellas son la mercancía. Según esta mentalidad, cualquier mujer es intercambiable por otra, sin importar lo “creída” que ella pueda parecer, ya que todas se reducen a atributos superficiales como el trasero o los senos. Tal forma de pensar da lugar a grupos de hombres intoxicados de misoginia que actúan como bestias a la caza de víctimas al azar, aprovechando la noche o el alcohol para debilitar a las mujeres y enmascarar sus actos. Ir de fiesta se convierte en la oportunidad ideal para la celebración sexual masculina, ya que el ambiente festivo es caótico y oscuro, dificultando la comunicación y la identificación de las mujeres (Dworkin, 1993).
En resumen, en la sociedad existe una percepción de la sexualidad que considera que es natural que los hombres deseen violar y que las mujeres desean ser violadas. No estamos hablando de comportamientos anormales, sino de actitudes diarias que definen el significado social del deseo: “quien la sigue la consigue”, insistir para tener sexo, “dale alcohol a la chica”.
El significado social de la iniciativa sexual no es el mismo para hombres y mujeres. Simone de Beauvoir (2005) observó que para una mujer es más arriesgado aproximarse a un hombre con la intención de tener una relación sexual casual. Un chico no tiene mucho que temer si lleva a una chica a su casa y tampoco sentirá temor si una joven le toca el trasero en una discoteca o va tras él por un callejón oscuro, pero la mujer sí puede experimentar temor en esas situaciones. Uno de los motivos de dicho miedo es la mayor fuerza física del hombre, pero más relevantes todavía son los roles sociales de la masculinidad y la feminidad. Si un hombre acepta la proposición sexual de una mujer, para la sociedad no es la mujer quien ha triunfado, sino que es el hombre quien ha conseguido acostarse con una mujer. No es habitual que un hombre sienta humillación cuando es tocado sin su consentimiento por una mujer. Desde el punto de vista social, que un hombre sea tocado o piropeado por una mujer no se interpreta como un intento de control o posesión sobre él.
Ana de Miguel (2021) expone que el significado del sexo es distinto para los hombres y para las mujeres. Los jóvenes se ven presionados para demostrar que no son “nenazas” ni “maricones” mediante el consumo de drogas, alcohol, la asunción de riesgos, la conducción temeraria y los deportes peligrosos. Uno de los elementos para demostrar su virilidad es conseguir sexo con mujeres mediante engaños o dinero. Esas conductas se realizan de forma pública, alardeando de masculinidad. Los significados patriarcales indican que es el hombre quien de alguna manera toma posesión de la mujer a través de los actos sexuales. Por ello, cuando una mujer toma la iniciativa sexual, el hombre puede analizarlo desde una interpretación machista, como una invitación para tratarla con abuso y arrogancia. Beauvoir sugiere que esta es una de las razones por las que las relaciones casuales tienden a ser menos satisfactorias para las mujeres.
En el curso de la investigación para realizar este trabajo, desarrollé una encuesta titulada “Cuestionario sobre aplicaciones de citas”. De las 300 respuestas obtenidas, el 50% de las mujeres empleaban las aplicaciones para buscar amor, mientras que sólo el 23% de las mujeres buscaban tener sexo casual. Es muy significativo destacar que un 42% de las mujeres encuestadas señalaron que en realidad no les gusta el sexo casual, pero lo practican de forma ocasional para intentar conseguir pareja. La investigación confirma que muchas mujeres encuentran desagradable el sexo casual y no lo disfrutan.
A causa de las diferencias expuestas, no son las mujeres las que acosan con “piropos” a los chicos jóvenes en las calles. Las mujeres son las que callan las insinuaciones sexuales para mantener su empleo y las que temen la vergüenza y el dolor de su familia si revelan la violencia sexual experimentada. Las mujeres enfrentan una mayor dependencia económica y más factores de vulnerabilidad ante la violencia sexual, como la maternidad, además de no poseer la invulnerabilidad sexual que tienen los hombres.
La cultura de la violación determina que se seleccione a una mujer como víctima, la forma en que se le inflige daño, los motivos para hacerlo, la sensación del hombre de tener derecho a hacer lo que desea con ella, la satisfacción que obtiene del acto y el respaldo social que recibe para causar este daño. Este apoyo social puede consistir en complicidades temporales o en una inacción por parte de las instituciones. Por tanto, cuando hablamos de “cultura de la violación”, nos referimos a que los significados culturales influyen en la motivación, las circunstancias y el impacto psicosocial de los delitos sexuales que los hombres cometen contra las mujeres. Asimismo, es indiscutible el efecto que tiene la violencia sexual en la restricción y en el comportamiento diario de todas las mujeres.
La agresividad y la desmesura que ha adoptado la cultura de la violación se ha visto agravada en la economía actual. Bauman (2015) señala que vivimos en una era en la que, igual que nunca nos saciamos de consumir cosas, no nos saciamos con las relaciones sexuales. Siempre se necesita más, incluso cuando el cuerpo ya no puede, se azuza mediante drogas. Hoy el sexo se vende como un producto y los productos se venden como si fuesen objetos sexuales. Un coche, un perfume o una bebida alcohólica se promocionan mediante sexo. Ya no vivimos en el tiempo en que había que someter los instintos porque se consideraban un elemento de animalidad. Ya no habitamos la época en la que el sexo se sometía a las reglas de la familia y el puritanismo. Según Fusaro (2018), la sociedad capitalista actual no reprime la libido, sino que la liberaliza y vehicula hacia la cosificación del consumo y el crecimiento desmedido.
Hoy el mercado se presenta dispuesto a satisfacer todos los deseos que los hombres puedan pagar y el dinero transmuta sus deseos en derechos. La libertad sexual de las mujeres significa decir siempre “sí” y secundar a los hombres en todas sus fantasías humillantes inducidas por la pornografía. ¿Por qué la nueva filosofía del sexo desenfrenado afecta de modo distinto a ambos sexos?, ¿por qué las mujeres no disfrutan de la “fiesta del consumo sexual” del mismo modo que los hombres, sino que ellas son el menú de dicha celebración?
Como apunta Simone de Beauvoir (2005), la diferencia no es natural, no es que las mujeres tengan menos necesidad sexual que el hombre. La cuestión es que la mujer y el hombre siguen ocupando los lugares diferenciados que marcaba la tradición. El acto sexual aún se considera un servicio que la mujer presta al hombre y el “consentimiento” de la mujer se sigue viendo como una rendición, una caída que convierte a la mujer en objeto y en presa del hombre. La cultura machista sigue considerando que el semen deja una mancha perenne en la mujer y en la cama, la mujer a menudo se siente y se quiere dominada. La sociedad aún confunde a la mujer que tiene relaciones sexuales con varios hombres, con una mujer fácil y a los hombres les gusta imaginar que han conquistado a una mujer, que la han seducido y ella ha caído. A una mujer le resulta muy difícil ejercer su libertad sexual igual que al hombre, porque no se reconoce de forma plena la igualdad entre los sexos y, menos aún, esa igualdad es real en el terreno de la sexualidad.
Germaine Greer (1970) observa que a los hombres suele parecerles que practicar sexo a menudo y con personas distintas devalúa a las mujeres “folladas” y las hace repugnantes, las convierte en vulgares y corrientes. Los mismos hombres que se han acostado con muchas mujeres de manera promiscua no suelen ser capaces de mantener una conversación humana con ellas. Más de una mujer se entristece al observar que su apertura sexual y su disposición a satisfacer las fantasías sexuales de su pareja han sido el detonante directo de la repulsión y el distanciamiento del hombre. Las mujeres, al ser contempladas como objeto sexual, son reducidas a una clase de ser destinado a recibir el fetichismo y el odio de los hombres, que en los extremos más feroces se plasma en jóvenes que aparecen estranguladas con sus medias o violadas con botellas. Todas las mujeres deberían sobrecogerse ante estos hechos y pedir cuentas al supremacismo sexual masculino: “¿por qué nos odiáis tanto?”.
La manada sexual
¿Por qué la violación grupal de una mujer es una fantasía masculina recurrente? Tal vez sea porque la presencia de testigos es un elemento importante de la sexualidad misógina. Poder presumir con los colegas es, en algunos casos, el elemento central de su sexualidad. Kate Millett (2010) señala que, en la cultura machista, la sexualidad del varón está dirigida a ser contemplada y aplaudida por un jurado masculino omnipresente. Según la autora, en numerosos clásicos de la literatura contemporánea, el sexo se presenta como un juego compartido con la panda de amigos, cuya diversión radica en celebrar la superioridad masculina sobre las mujeres. El sexo es una suerte de caza deportiva, un juego de tíos donde el placer deriva del engaño estratégico de una mujer. La finalidad principal del acto sexual no es satisfacer el deseo, sino satisfacer el ego a través de la dominación.
Muchos youtubers y streamers hablan con el estilo de una charla dirigida a los amigotes. Estos grupos de varones crean una comunión psicológica entre hombres que excluye a las mujeres de la camaradería y del reconocimiento como sujetos. En este tipo de conversaciones de colegas, las narraciones de las batallas sexuales no expresan placer ni amor, sino una ridiculización de la víctima. El lenguaje chistoso normaliza la violencia y la deshumanización de las mujeres. El centro de la sexualidad no es la mujer, que es un mero instrumento, sino el auditorio masculino omnipresente. La paradoja de la sexualidad supremacista es que la sexualidad en sí es lo de menos: lo importante es reafirmar el poder de la manada. El hecho de que tantos hombres compren prostitución o, en una noche de fiesta, busquen a la más borracha o vulnerable, ratifica el uso del sexo como vehículo de sometimiento. Para la supremacía masculina, el acto sexual es asqueroso, una evacuación, un desahogo del estrés, la ira o los pensamientos. La mujer es una herramienta, un coño, un pestilente agujero que puede ser sustituido por cualquier otro, las mujeres son tan repugnantes que hay que evitar contaminarse con ellas. No hay rastro de placer en las descripciones de sus batallas sexuales, ni reciprocidad entre seres humanos.
Kate Millett (2010) expone que la crueldad y la sexualidad, el sexo y el poder, se vinculan de forma estrecha. La fantasía sexual misógina se construye a través de la pornografía y otros vehículos culturales como las películas, la literatura o las redes sociales. Un videojuego muy popular, el GTA, permite entrar en un prostíbulo con armas y abusar de las prostitutas, luego pegarlas y matarlas a todas para irse sin pagar. En el juego se pueden asaltar joyerías, bancos, coches, supermercados, tener rehenes, consumir droga o traficar con ella. La filósofa Ana de Miguel (2021) comenta que los hombres aprenden que, para no ser maricas, tienen que despreciar a las mujeres y saber usar la violencia. La violencia sobre las mujeres es el ritual que confirma la pertenencia a la manada.
Simone de Beauvoir (2005) expone que el hombre sólo asume con orgullo su sexualidad si esta es un modo de apropiación, pero ese sueño de posesión se frustra porque la mujer prosigue nueva e intacta tras el sexo, puede volver a tener relaciones sexuales con otros hombres. Hasta el más arrogante de los amantes sabe que sólo dejará recuerdos y que esas remembranzas palidecen al lado de la viveza de la sensación. Uno de los sueños del varón es marcar a la mujer para que permanezca suya para siempre.
Algunos hombres fantasean con ser como el sultán de las “Mil y una noches”, que tiene poder para cortar la cabeza a sus amantes tan pronto como el alba las expulsa de su lecho. El ritual de la virilidad puede alcanzar su punto culmen en el asesinato, que plasma el adagio “la maté porque era mía”. En la obra “Un sueño americano”, del escritor Norman Mailer, el protagonista afirma, tras asesinar a su esposa: “sentí una rabia sórdida en los pies, como si, al matarla, hubiera sido demasiado suave y no hubiera soterrado mi odio…tuve, de pronto, el súbito deseo de acercarme a ella y darle patadas en los costados, aplastarle la nariz con el tacón y las sienes con la punta del zapato, y matarla de nuevo, matarla bien, matarla como es debido. Me eché a temblar ante la fuerza de mi deseo” (1965, 29).
El deseo de exterminar al objeto despreciado es una fantasía recurrente del supremacismo sexual. En el portal de pornografía “Xvídeos” encontré todo un género de dibujos animados 3d que representan a mujeres violadas por manadas de seres monstruosos que las empalan con penes gigantes. En estos vídeos, varios penes atraviesan el cuerpo de la mujer hasta que la rompen por dentro. Los penes gigantes invaden sus bocas sin dejarlas respirar y se mueren asfixiadas, o atraviesan la vagina y salen por la boca hasta que la mujer pierde toda conciencia y sigue siendo violada como un trapo. En estos vídeos, el asesinato colectivo reinterpreta el adagio: “las matamos porque son nuestras”.

Según Kate Millett (2010), en la cultura machista, las mujeres aman a los hombres, pero los hombres sólo son capaces de amarse entre sí. Los hombres afirman con vehemencia su heterosexualidad, pero practican una homosexualidad intelectual, que exhiben en el territorio de la política, la guerra, la fuerza física, el arte, las finanzas y el deporte. Germaine Greer (1970) hace notar que vemos cada día intensas relaciones que unen a futbolistas y forofos, músicos y aficionados. Muchos hombres sienten más emoción cuando ven los partidos de su equipo de fútbol que cuando comparten tiempo con su pareja. El amor entre hombres al que nos referimos no conduce, en principio, a la satisfacción homosexual porque es, ante todo, sinónimo de poder. En el machismo cultural, los hombres entablan fuertes vínculos recíprocos, se hablan, se admiran. En cambio, son fríos y despreciativos con las mujeres. El estereotipo de macho es frío incluso cuando mantiene relaciones sexuales con su pareja, siente cierto malestar cuando la abraza y busca en el sexo su propio placer.
En este sentido, Marylin Frye escribió con elocuencia que “todo o casi todo lo que atañe al amor, la mayoría de los hombres lo reservan exclusivamente para otros hombres. Las personas a las que admiran, respetan, adoran, veneran y honran, a quienes imitan, idolatran y con quienes forman vínculos profundos, a quienes están dispuestos a enseñar y de quienes están dispuestos a aprender, y de quienes desean tener respeto, admiración, reconocimiento, honra, veneración y amor…son, mayoritariamente, otros hombres” (2022, 162).
Como explica Germaine Greer (1970), entre los seguidores de Platón era común la opinión de que las mujeres eran inferiores a los hombres en fuerza, intelecto e incluso en belleza física. Para los platónicos, un hombre no puede rebajarse amando a una mujer, porque sus sentimientos estarán manchados de condescendencia, incluirán perversión o autodegradación. Según este punto de vista, los hombres sólo pueden amarse entre sí.
Celia Amorós (1985) explica que ser mujer implica la exclusión de la comunidad de los iguales y la pertenencia al reino de las idénticas. Los hombres miran a las mujeres por lo que tienen de común con todas las demás, su parecido con el mito femenino. Las fantasías masculinas se construyen en torno a atributos físicos estandarizados: “me gustan las pelirrojas” o “me gustan más las culonas que las tetonas”.
La manada viril transforma a las mujeres en masa indiferenciada. En los chats de WhatsApp o Telegram, estas son desprovistas de su humanidad y reducidas a objeto pornográfico. Esa operación es el requisito necesario para apuntalar la comunidad masculina. Los chistes de hombres, las anécdotas de hombres, el porno creado para la mirada de los hombres. El mundo de los hombres se configura en oposición a las mujeres reducidas a otredad y en las violaciones múltiples, las mujeres son la carne sacrificada en el altar de la masculinidad supremacista.
Germaine Greer (1970) describe la misoginia típica de las narraciones literarias o audiovisuales de una violación en manada: El siguiente hombre se monta encima y a la mujer le golpean hasta partirle los labios. La sangre le gotea por la barbilla y alguien le seca la frente con un pañuelo empapado de cerveza. Le dan otra lata y ella empieza a beber y a gritar algo sobre sus tetas. Le parten otro diente y todos se ríen y ella también ríe y sigue bebiendo más y más y al poco rato pierde el sentido y la abofetean un par de veces. Como no consiguen reanimarla, siguen follándola mientras yace inconsciente en el asiento del coche en medio del descampado y no tardan en cansarse de ese trozo de carne inerte. Los críos que estaban mirando y esperando su turno, también se desahogan y rompen su ropa, apagan cigarrillos en sus tetas, se mean y masturban encima de ella, le meten un palo de escoba en el coño y por fin, cansados ya, la dejan tirada ahí, en medio de las botellas rotas, las latas y la chatarra, cubierta de sangre, orina y semen, mientras sobre el asiento entre sus piernas se va formando una pequeña mancha a medida que la sangre se escurre por su entrepierna.
Esta narración es sólo un ejemplo cualquiera del sadismo sexual, del sexo como forma de castigo, de la mujer como objeto de odio y asco. En resumen, la manada sexual es una manifestación extrema de la sexualidad patriarcal donde la dominación, la violencia y la humillación de las mujeres se convierten en un espectáculo comunitario entre hombres, reforzando la misoginia y la desigualdad sexista.
Conclusiones
En este artículo he expuesto varias construcciones culturales cuya comprensión resulta relevante para el análisis de la violencia sexual:
-La “mentira del empoderamiento” implica que las mujeres ganan poder o reconocimiento al mostrar su belleza o sexualidad online, pero esa validación es superficial y efímera. Dicho reconocimiento depende de estándares de belleza masculinos, no de sus méritos personales, lo que las cosifica. En realidad, esta “libertad” perpetúa su desvalorización y la falta de verdadera autonomía.
-El “mito de la libre elección” sostiene que las mujeres tienen una libertad genuina sobre su sexualidad en la sociedad patriarcal. Pero esta libertad es engañosa porque desde jóvenes son condicionadas a priorizar su apariencia, a percibir el cuidado de su imagen como empoderamiento y a autocosificarse. Las presiones sociales que valoran a las mujeres por su atractivo sexual pueden conducirlas a participar en plataformas pornográficas como OnlyFans, en la creencia de ser “sexualmente liberadas”. Esto no es verdadero poder, sino una adaptación a expectativas patriarcales donde la sexualidad femenina se convierte en una mercancía, lo que resulta incompatible con la libre elección y la autonomía.
-La “pendiente resbaladiza del consentimiento” ilustra cómo las mujeres, bajo la influencia de presiones sociales y digitales, terminan aceptando participar en prácticas sexuales que al principio no deseaban. Esta presión se intensifica porque los hombres tienden a violar los límites personales, comenzando con solicitudes aparentemente inocentes que rápidamente se convierten en demandas sexuales más explícitas. En entornos como Instagram, la búsqueda de aprobación social fomenta que las mujeres compartan imágenes cada vez más sexuales para obtener reconocimiento. Como resultado, el consentimiento se transforma en una forma de resignación, donde las mujeres aceptan lo que no quieren por miedo al rechazo o por anhelo de validación. Esto socava su autonomía sexual y las somete a normas patriarcales, pues su valor se mide por su disposición a cumplir con los deseos masculinos.
-La “trampa de la noción de consentimiento” se refiere a los problemas inherentes al concepto de consentimiento sexual. La sociedad enseña a las mujeres a “consentir” para ser amadas, aprobadas o para sobrevivir. Incluso el deseo mutuo como base del consentimiento es manipulado en una sociedad patriarcal donde las mujeres aprenden a asociar el placer con la sumisión. En una sociedad sexista, un “sí” no refleja necesariamente deseo, sino una adaptación a las expectativas y presiones sociales.
-La “cultura de la violación” es un conjunto de actitudes y normas sociales que justifican y minimizan la violencia sexual contra las mujeres. Esta cultura normaliza la agresión sexual a través de los medios de entretenimiento, la pornografía y las actitudes diarias. La violencia sexual sirve para dominar y deshumanizar a las mujeres. La pornografía refuerza esta dinámica enseñando a los hombres a disfrutar de la dominación y a las mujeres a aceptar la sumisión. La víctima de violencia sexual a menudo es culpada por su comportamiento o apariencia, lo que desalienta las denuncias y perpetúa la violencia. Los agresores gozan de impunidad a causa de mitos sobre el carácter irrefrenable de los instintos masculinos. La cultura de la violación afecta la vida diaria de las mujeres y restringe su libertad.
-La “manada sexual” describe la agresión sexual en grupo como un rito de confirmación de la masculinidad. La violación grupal se ve como una fantasía donde la presencia de testigos valida y celebra la superioridad masculina. El objetivo no es el placer físico, sino la afirmación del dominio sobre las mujeres. El sexo se basa en la humillación de la mujer, no en el amor o placer mutuo. Dicha sexualidad, similar a una “caza deportiva”, crea un vínculo de camaradería exclusivamente masculino. La violencia y la crueldad se integran en la sexualidad, potenciadas por la pornografía y la cultura popular, como los videojuegos y el cine, donde las mujeres son presentadas con frecuencia como objetos sexuales. La manada sexual es una fantasía de control absoluto y refleja una misoginia profunda que normaliza el desprecio hacia las mujeres.
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