Por Tasia Aránguez. La cultura digital ha exacerbado la cosificación y la explotación sexual de las mujeres bajo la apariencia de empoderamiento. El consentimiento no garantiza la autonomía sexual de las mujeres, ya que está condicionado por una desigualdad sistémica. Tras el disfraz de la libre elección, las mujeres son empujadas hacia una “pendiente resbaladiza” de sumisión a las normas patriarcales.
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Por Ana de Blas. Hasta el presente, los consensos sociales sobre qué es y qué no es violencia sexual, cómo se sanciona, han funcionado para apuntalar el dominio masculino. Este texto pretende enunciar un marco, centrado en nuestro país en los últimos ocho años, que nos ayude a conceptualizar las violaciones grupales como política sexual. Es necesaria una “nueva historia” que tenga en cuenta la vivencia real de las mujeres: la violación grupal es una forma de terrorismo sexual misógino.

