Por Ana de Blas. Hasta el presente, los consensos sociales sobre qué es y qué no es violencia sexual, cómo se sanciona, han funcionado para apuntalar el dominio masculino. Este texto pretende enunciar un marco, centrado en nuestro país en los últimos ocho años, que nos ayude a conceptualizar las violaciones grupales como política sexual. Es necesaria una “nueva historia” que tenga en cuenta la vivencia real de las mujeres: la violación grupal es una forma de terrorismo sexual misógino.
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Por qué hay hombres que pagan por utilizar sexualmente a mujeres como una forma de ocio, obviando la vulnerabilidad, el miedo y la violencia en la vida de ellas, y qué relación tiene esto con la construcción de la masculinidad, es el eje de una investigación social de la que nace el último libro de Beatriz Ranea, «Puteros. Hombres, masculinidad y prostitución».

